Tasas verdes para la leche y el bistec

Investigadores de Oxford calculan que aumentar el precio de la carne y la leche contribuiría a frenar el cambio climático

El fenómeno todavía es poco conocido entre el consumidor medio, pero de un tiempo a esta parte está siendo abordado con cierta intensidad por la comunidad científica. El sector ganadero también contribuye al cambio climático, y la razón no es otra que las altas emisiones de metano a la atmósfera debidas a los gases que emiten los animales, especialmente el vacuno por las particulares características de su sistema digestivo.

Aunque parezca lo contrario, o una cruzada contra la carne, no es para tomárselo a broma. Marco Springmann, investigador de la Universidad de Oxford, en un artículo publicado en la revista Nature Climate Change, asegura que el problema de fondo es que nunca hasta ahora se ha tomado en consideración el efecto del consumo y producción alimentaria como factor de cambio climático cuando, en realidad, se trata de un sector que contribuye notablemente a la emisión de gases de efecto invernadero.

Hasta la fecha existía un cierto consenso político, que no científico, para excluir de los acuerdos internacionales sobre cambio climático todo cuanto tuviera que ver con la producción de alimentos, fuesen del tipo que fuera, lo cual empieza a ser visto ahora como un contrasentido por la enorme variedad de empresas implicadas y a los sectores a los que compromete. En este ámbito hay que considerar desde el sector primario, en particular las grandes explotaciones de ganado, hasta el propiamente industrial con el procesado de carnes, su envasado y su distribución.

Los expertos cargan tintas sobre los rumiantes por el abanico de problemas ambientales que se les atribuye: emisión de metano –uno de los principales gases de efecto invernadero; consumo energético; y problemas de tipo médico-sanitarios asociados con el exceso de consumo de carne roja.

En esta línea, proponen implementar gravámenes ‘verdes’ sobre el consumo y producción de carne de vacuno. En concreto, estiman que sería necesario aumentar el precio un 40% para lograr reducir la emisión de mil millones de toneladas de gases de efecto invernadero a la atmósfera. A eso le añaden aumentar el precio de la leche en un 21%.

Los aumentos se podrían traducir en descensos del consumo del orden del 15% y salvar, aseguran, medio millón de vidas al año. Habría otros efectos que también entienden como positivos. Por ejemplo, una reducción de la morbi-mortalidad asociada al consumo de carne y una importante caída, a nivel global, del consumo de grano para ganado, lo cual podría redundar en mejoras de biodiversidad alimentaria.

La aplicación de impuestos de este tipo, sostiene Springmann, debería tener en cuenta el PIB de cada una de las zonas del planeta. Por ejemplo, los países del África sub-sahariana y del sudeste asiático deberían excluirse del pago de tasas y, por el contrario, recibir parte de sus beneficios para la promoción de sus sistemas de salud.

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