Ojo con la dieta del ADN

Las dietas personalizadas siguiendo patrones genéticos siguen siendo una promesa de futuro pero se acercan ya a la realidad
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Cuando en 2001 se publicó el primer borrador del genoma humano, especialistas de todos los ámbitos científicos se apresuraron a vaticinar su futuro particular a partir de las supuestas ventajas que iba a deparar el conocimiento de los genes. Las puertas para producir fármacos a la carta, mejores producciones ganaderas o en la agricultura, decían, se habían abierto para no cerrarse. En la lista de las cosas que iban a ser posibles destacaba la medicina personalizada, una biotecnología basada en la ingeniería genética y, por supuesto, una alimentación a medida dictada por nuestro código genético.

Han pasado ya 15 años de aquel histórico logro científico y nada, en ningún ámbito, ha ido a la velocidad prevista. Se apuntan las maneras y no falta quien sostiene que en el fondo todo depende de la tecnología y el conocimiento disponibles. El potencial sigue estando ahí, pero queda todavía mucho camino por recorrer, añaden. Tal vez porque ese amasijo de letras que es el ADN apenas se está empezando a entender.

En alimentación todo sigue siendo posible, incluido el diseño de dietas personalizadas. La teoría dice que a partir de un análisis de sangre, desde donde será posible leer el genoma, debería ser posible prescribir no solo una dieta adecuada según grupos de población, incluidos en este caso los de riesgo, sino acudir a la consulta del especialista para que nos diga qué comer y qué evitar según dicte nuestro ADN. Cuando llegue este momento igual sea posible modificar los alimentos para evitar un compuesto –o para añadirlo- o se prescriban alimentos surgidos directamente del laboratorio.

Ciencia incipiente, negocio en ciernes

A estas alturas sería poco menos que descabellado afirmar que de alimentación se sabe poco. Pero sería en exceso aventurado afirmar que se sabe lo suficiente como para que nadie se atreva a prescribir una dieta a partir del ADN. Muy probablemente ocurrirá, pero ahora no es el momento. Algunos expertos sostienen que los genes nos ayudarán a conocer qué nos engorda o nos adelgaza y por qué. Del mismo modo, aseguran, nos dirán qué componentes de los alimentos nos ayudan a preservar nuestra salud o, por el contrario, la perjudicarán.

Y todo ello es cierto pero para un futuro probable del que todavía no se sabe fecha. La razón de esta desconfianza, que muestra sin ambages un amplísimo número de científicos, tiene que ver con la compleja relación entre genes y función y nuevos conocimientos que se van acumulando que enredan una madeja ya de por sí revuelta.

Sir ir más lejos, ahí están los factores epigenéticos que abrirán o no la puerta a la expresión de unos genes concretos y cuya importancia se ha descubierto a lo largo de la última década. Se sabe, por ejemplo, que hay genes asociados a la aparición de la obesidad o de la diabetes, pero en un análisis genómico lo único que vamos a obtener es la predisposición a padecer dichas patologías en el caso de que se den unas condiciones concretas. Hoy sabemos de la importancia de factores ambientales en la activación de esos genes, pero todavía se está debatiendo científicamente sobre sus mecanismos moleculares.

Conocer con una cierta antelación mi predisposición genética a ser obeso es, hoy por hoy, un cálculo de probabilidades que podría tener sentido en salud preventiva. Pero la pregunta correcta es si este conocimiento me exime o no de un factor de riesgo. Por ejemplo, de tomar azúcares añadidos o grasas en exceso. Y para ese viaje, como pretenden algunas empresas que ya publicitan “dietas basadas en el perfil genético”, no se precisan alforjas.

Y lo que en ningún caso no nos van a contar ese tipo de análisis es qué genes se activan para desencadenar metástasis y el papel de la grasas en ese proceso. Es este un descubrimiento reciente del que tan solo se está en el inicio de sus implicaciones. El hallazgo ha sido publicado hace unos pocos meses por el Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona y lo único que devela con suficiente claridad es que las grasas juegan un papel clave en la formación de tumores a distancia. Y que pueden ser grasas de origen vegetal, como el ácido palmítico, o de origen animal, como la de la carne roja. Inferir de ahí que comerse un bistec puede originar un tumor, sería excesivo. A no ser que se coma a diario. Pretender un test genómico, con su todavía elevado coste para cualquier mortal, no sería de recibo con la información que hoy puede extraerse.
 

¿Y mañana?

Del mismo modo que se empiezan a comprender los efectos de determinados compuestos sobre la salud y la aparición de determinadas patologías y cómo los factores genéticos y epigenéticos (léase ambientales) juegan un papel clave, es de esperar que en ese futuro probable lo mismo pueda hacerse con los componentes de una dieta. Sabiendo la susceptibilidad genética, podrían predecirse grupos de riesgo y, descendiendo varios escalones hasta llegar al individuo, identificar intolerancias alimentarias o alérgenos.

De este modo, un nutricionista experto podría orientar en la confección de una dieta en la que se eviten determinados compuestos o se potencie la ingesta de otros. Por ejemplo, probióticos o suplementos alimentarios siguiendo programas de prevención.

Sería un caso similar al de la medicina personalizada en la que se persigue administrar el fármaco preciso de acuerdo con un perfil genético. Si ello puede hacerse con un medicamento, también debería ser posible con un alimento.

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