Los malos hábitos alimentarios se heredan

Los resultados dañinos de una dieta poco saludable pueden transmitirse de generación en generación por cambios epigenéticos
embarazo

Por sabiduría popular sabemos que a padres obesos les corresponden hijos y muy probablemente nietos con al menos sobrepeso. ¿Significa eso que la obesidad y el sobrepeso se heredan? Pues sí y no. La obesidad no está exactamente en los genes, en el ADN, pero sí puede localizarse en la fina cobertura formada básicamente por unas proteínas de la familia de las histonas y los más simples de los compuestos de carbono, los conocidos grupos metilo. Conjuntamente, dan lugar a lo que se conoce como epigenoma, literalmente, por encima del genoma.

Esta fina capa protectora sufre a lo largo de la vida mil y un cambios debidos a la influencia del entorno o del ambiente, para ser más precisos. Estos cambios pueden activar o bloquear un gen y provocar así la aparición de una enfermedad, o simplemente pueden alterar la conducta de ese gen.

Así ocurre con muchísimas patologías de componente genético, incluidas algunas formas de cáncer. Un exceso de radiación ultravioleta, por ejemplo, puede desencadenar de este modo un cáncer de piel. Lo mismo sucede ante la exposición a productos tóxicos como el amianto (cáncer de pulmón), los andrógenos artificiales (cáncer de mama) y tantos otros. Y lo mismo se sospecha de virus y bacterias.

Más allá del saber popular

Los cambios en el epigenoma también pueden ser inducidos por la dieta. Y si la dieta está condicionada por malos hábitos alimentarios, peor aún. Una ingesta excesiva de azúcares y grasas es archisabido que puede conducir a complicaciones de salud de calado. Hipertensión, obesidad, diabetes o patologías cardiovasculares son las más reconocibles y las protagonistas de las actuales cruzadas en materia de salud pública.

Lo que se desconocía hasta hace poco es si los malos hábitos, en particular los alimentarios, tenían peso en la herencia. Más allá del consabido “de tal palo, tal astilla”, que en este caso viene a significar que el valor de la educación, o de la mala educación, se transmite de padres a hijos, parece ser que sí, que sobrepeso y obesidad se heredan influidos no solo por el entorno en el que nos educamos, sino también por alteraciones de carácter epigenómico que pasan a los descendientes. Las buena noticias es que son cambios reversibles y que pueden ser controlables; la malas es que los cambios pueden manifestarse en al menos tres o cuatro generaciones.

Así se observa en investigaciones llevadas a cabo con modelos animales. En el Instituto Max Planck de Inmunobiología y Epigenética en Alemania, en un trabajo en el que han colaborado científicos del Centro de Regulación Genética de Barcelona, se ha visto como moscas sometidas a un exceso de azúcar antes de procrear, generaba una descendencia obesa. Al parecer, podría existir una correlación entre el mecanismo que regula la susceptibilidad a la obesidad en moscas y la que lo desencadena en ratones y humanos. Justamente en roedores, investigadores del Instituto Victor Chang de Sidney, han visualizado los efectos de la obesidad en su descendencia más allá de nietos y bisnietos.

La culpa es del padre

Aunque tradicionalmente se ha asociado el estado de salud de la madre gestante con la del futuro bebé, relación que sigue siendo cierta, también empieza a verse que la nutrición y la salud metabólica del padre podría influir en la de sus hijos y nietos. Y más que influir, distintos estudios sugieren que los cambios epigenéticos que se manifiestan en el padre son los que se transmiten durante varias generaciones.

En ratones se ha visto que al aparear machos obesos con hembras delgadas  su descendencia tienen mayores posibilidades de desarrollar diabetes, hígado graso y otras patologías si seguían lo que se conoce como dieta de cafetería, rica en grasas y azúcares.

Y estudios en moscas proponen que la transmisión del carácter epigenético se transmitiría a través del esperma. Es como si la dieta del padre indujera cambios en los genes implicados en la producción de grasa de sus hijos e incluso de sus nietos.
 

La hambruna holandesa

El invierno de 1944 fue especialmente crudo en Holanda. Por aquel entonces, buena parte de los Países Bajos estaban ocupados por el ejército alemán, que entreveía ya el fin de la Segunda Guerra Mundial. Un embargo promovido por las autoridades nazis restringió la ingesta de alimentos hasta las 500 kilocalorías de media por persona y día. La dura climatología de ese año, con un invierno más frío de lo habitual, hizo el resto: se calcula que al menos 20.000 personas fallecieron por inanición o desnutrición. Otras muchas sufrieron de malnutrición. Es lo que se conoce como la Hambruna Holandesa.

Como consecuencia de aquel episodio, ampliamente estudiado por sus consecuencias en términos de salud pública, se sabe que los hijos de gestantes sometidas a restricción calórica desarrollaron en mayor número problemas de salud asociados a la obesidad, sobre todo cardiovasculares, diabetes, anemia, microalbuminuria e incluso depresión clínica. Estos mismos problemas, aunque en menor grado, se reprodujeron en la generación posterior, la de los nietos.

Como principal explicación a este fenómeno siempre se había considerado que la hambruna y su posterior recuperación habían influido en la conducta alimentaria de los supervivientes. Algo así como una respuesta psicológica que habría conducido a amplios sectores de la población a resarcirse de aquel periodo negro a través de unos hábitos alimentarios poco saludables.

Muy probablemente, existió esta respuesta. Lo que se desconocía hasta ahora es que los malos hábitos inducen cambios epigenéticos y que éstos pueden transmitirse de generación en generación a través del padre.

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