Las dietas de ayuno intermitente ganan adeptos

Expertos estadounidenses vinculan el ayuno voluntario e intermitente a una mayor longevidad y menor riesgo de cáncer
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No es exactamente una moda, ni tampoco una tendencia excéntrica para perder peso o ganar salud. Contrariamente, el ayuno intermitente, que puede adoptarse bajo varias fórmulas, está ganando adeptos sobre todo en algunas zonas de Estados Unidos, especialmente en las grandes urbes como Nueva York, Chicago o Los Ángeles. Desde ahí y otros puntos se está extendiendo con el aval de científicos con reputación contrastada. Sus trabajos en modelos animales, no sin cierta serendipia de por medio, están contribuyendo a su difusión.

La idea de las dietas de ayuno intermitente consiste en saltarse el desayuno o el almuerzo e ingerir la mayor parte de los requerimientos calóricos concentrados en un periodo de tiempo corto del día (de 6 a 8 horas) y ayunar el resto de horas. Es lo que en círculos científicos se llama “alimentación restringida por tiempo”. Viene a ser lo contrario de lo que hacemos habitualmente, comer tres veces al día y complementar con tentempiés en forma de picoteo, refrigerios o meriendas, entre comida y comida.

Si esta segunda opción es la preferida por nutricionistas, endocrinólogos o dietistas, tras la primera se asienta una base científica que en absoluto puede dejarse de lado. Estudios de esta dieta en animales y humanos han revelado que se trata de una práctica que ejerce algún tipo de efecto protector contra distintas formas de cáncer y que, igualmente, ayuda a mantener un peso estable.

La variante que se está haciendo más popular, describía un artículo reciente publicado en el New York Times, es la conocida como dieta 5:2, en la que se come de forma normal durante cinco días y se ayuna otros dos. El ayuno de estos días consiste en una ingesta diaria de unas 500 calorías, el equivalente a una comida ligera.

Base científica

Entre los defensores de las dietas de ayuno intermitente se encuentran investigadores que están fuera de toda duda de intereses comerciales de ningún tipo. Es el caso de Mark Mattson, del National Institute on Aging, en Maryland, Estados Unidos, considerado uno de los centros de mayor prestigio en estudios sobre envejecimiento. Mattson vincula el ayuno a razones evolutivas. “Nuestro hígado y nuestros músculos son capaces de almacenar carbohidratos de fácil acceso en forma de glucógeno”, expica. Las llamadas reservas de larga duración, prosigue el investigador, se almacenan en los tejidos grasos.

En el Paleolítico, señala, cuando el humano era cazador o recolector y la agricultura todavía no estaba asentada, pocos eran los que comían a diario. Al contrario, la norma era comer de forma esporádica, por lo que el organismo estaba adaptado a esta circunstancia. Por otra parte, son múltiples las referencias históricas a las curas de ayuno, además de su práctica por motivos religiosos en distintas culturas y épocas.

Valter Longo, de la Universidad del Sur de California, opina lo mismo. Investigaciones en ratones desarrolladas en su de laboratorio han evidenciado que ayunos de 2 a 5 días al mes reducen los marcadores de algunas formas de cáncer, diabetes y enfermedades cardiocirculatorias. Los más notorios, señala este investigador, son la reducción de niveles de insulina y factor de crecimiento insulínico.

Por su parte, Joy Dubost, de la Academy of Nutrition and Dietetics de Estados Unidos, mantiene que este tipo de dietas ayudan en la reducción y mantenimiento del peso, mejoran los niveles de glucosa en sangre, tienen efectos como antiinflamatorios y contribuyen positivamente en otros aspectos de salud metabólica como el control de colesterol, triglicéridos e hipertensión. Algunos estudios han asociado, también, efectos protectores en Parkinson y Alzheimer.

El por qué de todos estos efectos es todavía una incógnita, pero algunas investigaciones ya han empezado a mostrar algunos de los mecanismos de las respuestas positivas del organismo. Una de ellas es que el ayuno estimula la producción de proteínas protectoras de daño neuronal y de reparación del ADN durante la división celular. Del mismo modo, se ha visto que al ayunar se fuerza al organismo a emplear la grasa acumulada en distintos tejidos, que se transforma en cetona, un combustible energético tanto o más eficaz que la glucosa.

¿Comemos demasiado?

Tal vez ésta, simple y llanamente, sea la mejor explicación para la epidemia de obesidad y sus efectos derivados que asola desde hace años Estados Unidos y que de un tiempo a esta parte se está cebando en Europa, con España a la cabeza de las estadísticas más preocupantes. Por ejemplo, sobrepeso y obesidad infantil. Tal vez lo que ocurre es que comemos demasiado y mal, lo que provoca cambios metabólicos que se ha verificado que se transmiten de padres –y no tanto de madres– a hijos. Estudios de carácter epigenético así lo han corroborado.

Las tendencias alimentarias que se han ido sucediendo a partir de la revolución industrial, así como los cambios de hábitos surgidos principalmente tras los años de postguerra de la última contienda mundial y que coinciden históricamente con el baby boom en Estados Unidos y Europa Occidental, parecen haberse convertido en una tónica errónea. Demasiados azúcares y grasas, demasiado sedentarismo y demasiada uniformidad en la dieta diaria.

Los llamamientos de los principales organismos internacionales vinculados con la salud, con la Organización Mundial de la Salud a la cabeza, llevan años reclamando la recuperación de hábitos saludables como fuente de bienestar y salud. Con estos mismos argumentos y la ayuda tecnológica de la industria alimentaria, deberían ser fáciles dos objetivos fundamentales: mejorar la salud en el mundo occidental y paliar la escasez de los países en desarrollo.

Los hallazgos científicos de instituciones vinculadas a la investigación del envejecimiento y de sus enfermedades asociadas, por otra parte, nos aportan nuevos datos sobre como las dietas contribuyen decisivamente a la salud y a la longevidad. Sin necesidad de milagros y ni mucho menos de pastillas de la felicidad. Basta con recuperar el sentido común.

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