La realidad de los superalimentos

De los superalimentos se acepta su alto contenido en nutrientes, pero no existe ningún estudio científico que avale que son beneficiosos para la salud y en que medida

De un tiempo para acá, el concepto de superalimento ha llamado la atención de un público cada vez más numeroso. De forma creciente, los medios se refieren a ellos con la intención de definir a un producto alimenticio, o alguno de sus componentes, con altas propiedades nutricionales.

Si bien puede ser cierto en algún caso, hay que considerar que sus pretendidos efectos beneficiosos sobre la salud del consumidor dependen de otros muchos condicionantes además de las características nutricionales. Entre ellos, los hábitos de vida, con qué se conjugan esos superalimentos  o las características de salud de cada entorno, además de un aspecto que a menudo pasamos por alto como la influencia genética. Desde la ciencia, hace años que se habla de genética de poblaciones al referirnos a caracteres específicos en función del lugar que habitamos o de la herencia recibida. Y eso también influyen en la alimentación.

Visto así, es lícito que nos preguntemos cuáles son estos superlimentos, dónde los podemos encontrar o si, efectivamente, merecen el calificativo de súper. Entre otras razones porque cuando desde algunos ámbitos se habla de ellos la única referencia que se nos da es que se trata de alimentos que contienen nutrientes como proteínas, grasas, hidratos de carbono, vitaminas, minerales, algo que sucede con prácticamente todos, pero que precisamente por su composición son muy beneficioso para la salud, el bienestar y la prevención o desarrollo de enfermedades.

De dónde provienen

Por regla general, muchos de estos llamados superalimentos son nuevos en nuestra alimentación, es decir, no forman parte de nuestra tradición culinaria. Gran parte de ellos proceden de zonas lejanas geográficamente y están ligados a una larga historia de consumo. Debido al gran intercambio de información y de productos derivado de la globalización, han llegado a nosotros como un alimento nuevo que aporta propiedades nutricionales importantes, unas veces contrastadas y otras no tanto, aunque siempre se les atribuye beneficios para la salud.

Muchos de estos alimentos, no obstante, se comercializan en diferentes formas y formatos sin que haya detrás un estudio científico que corrobore la mejor forma de consumirlo o en presencia de que otros alimentos se deben consumir para un mejor aprovechamiento de sus nutrientes.

Del mismo modo, se ha querido incorporarlos a nuestra alimentación para conseguir los mismos beneficios que se les otorgan en sus regiones de origen. Pero no siempre sucede así, ya que la salud o bienestar de una persona no depende solo de la alimentación y mucho menos de un único alimento, sino de un conjunto de factores entrelazados entre sí como son la genética, los hábitos de vida o el marco sociocultural.

Confusión en la dieta

En cualquier caso, los productos de esta categoría que encontramos en el supermercado son, por regla general, alimentos más o menos convencionales a los que se les añade pequeñas cantidades de los considerados como superalimentos para hacerlos más atractivos para el consumidor y, con la ayuda de la publicidad, hacernos creer que van a ser el remedio de pequeños problemas de salud.

Cabe la posibilidad de que estos alimentos “milagro” causen cierta confusión al consumidor al llevarles a pensar que el resto de alimentos de su dieta habitual no son tan saludables o no nos aportan los nutrientes necesarios para una buena alimentación.

De acuerdo con la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), los alimentos que consumimos normalmente, si lo son de una forma suficientemente variada, nos aportan los nutrientes necesarios para conseguir una buena alimentación. Son nuestra habituales frutas, verduras, cereales, pescados, carnes o huevos, entre muchos otros. Todos ellos de fácil acceso, de proximidad y a un precio más accesible que los superalimentos.

Algunos ejemplos de superalimentos

El concepto superalimento no está reflejado ni en ningún documento científico ni tampoco en la normativa comunitaria, así que se habla de ellos para definir a un conjunto de alimentos con altas propiedades nutricionales. Al respecto, se han realizado diversos estudios científicos para evaluar los nutrientes que aportan, pero los resultados obtenidos se refieren siempre a modelos animales o a simulaciones, por lo que no han podido ser verificados en humanos por su enorme complejidad.

Sea como sea, no son pocos los que sobre todo debido a campañas publicitarias más o menos afortunadas, se han incorporado a nuestra dieta. Siempre con el mismo fundamento, aportar beneficios a nuestra salud según se describe en su región de origen.

Entre los más populares destacan la quinoa, la semilla de una hierba de origen andino que recuerda a los cereales; las bayas de goji, una fruta utilizada en la medicina tradicional china que contiene una gran concentración de antioxidante y que se usa para potenciar el sistema inmunológico; la espirulina, una alga que posee vitamina B, minerales, ácidos grasos omega 3 y tiene un gran poder saciante; o el lino, vegetal procedente de Asia Central y Egipto y rico en ácidos grasos saturados y vitamina E. Otros ejemplos serian el cáñamo, soja, espelta, chía, cúrcuma, kéfir o chlorella. También los hay más próximos y propios de nuestra alimentación como el aceite de oliva, brócoli, nueces, sardina, ajo, chocolate negro, naranjas, legumbres y vegetales de hoja verde.

Comentarios

Añade un comentario

Para comentar tienes que estar registrado.
Registrate o si ya eres usuario

Tendencias