La larga batalla de los transgénicos

La carta remitida por un centenar de premios Nobel aviva la polémica entre detractores y partidarios de los vegetales transgénicos
alimentos transgénicos
Técnico revisando una mazorca de maíz transgénico | Flikr

La batalla de los transgénicos no se detiene. Al contrario, a cada nueva declaración o posicionamiento, sea en contra o a favor, tiende a enconarse. La declaración de un centenar de premios Nobel, en su mayoría de Medicina o ciencias relacionadas, remitida a la organización ecologista Greenpeace, no solo no ha calmado los ánimos sino que ha abierto una importante brecha entre partidarios y detractores de una tecnología que sigue creciendo pese a críticas y polémicas.

La carta del centenar de premios Nobel asegura que Greenpeace y otras organizaciones ecologistas se oponen a las “innovaciones biotecnológicas en la agricultura”, por lo que les instan a cesar en su postura y a revisar los últimos resultados de trabajos de investigación.”Los organismos científicos y reguladores de todo el mundo”, reza la carta, “han concluido de manera repetida y consistente que los cultivos y alimentos mejorados mediante la biotecnología son tan seguros, si no más seguros, que los derivados de cualquier otro método de producción”. Los efectos negativos de su sistemática oposición, añaden, de poco sirven si de lo que se trata es de luchar contra un “acto criminal” como permitir que miles de personas en el mundo fallezcan por malnutrición y enfermedades derivadas.

Greenpeace argumenta que, contrariamente a lo que expresa el centenar de premios Nobel “no se aleja” del argumentario habitual de las empresas del sector biotecnológico agrícola, en su mayor parte de carácter multinacional. En su respuesta a la comunidad científica, la organización ecologista se reafirma en su posición y esgrime que los transgénicos “no son una solución” para paliar el hambre en el mundo. Y mucho menos  si se tienen en cuenta los rendimientos que se están obteniendo de métodos de cultivo y mejora vegetal. Añade que nada se ha probado acerca de la inocuidad de los OMG por la falta de estudios rigurosos y de largo alcance y que la seguridad en salud humana y ambiental sigue siendo una incógnita con demasiados riesgos.

La teoría del triángulo

En el origen de un desencuentro en el que solo valen el sí o el no, tres vértices se han erigido en el paradigma del bien y del mal, según la perspectiva de cada uno. De un lado, la industria biotecnológica agrícola, que defiende su uso y da por probada la ausencia de riesgos desde que el primer producto saliera al mercado. La compañía Monsanto, adalid de un concepto y uso de los OMG que ha provocado más rechazos que adhesiones, sigue siendo el paradigma de un sector que nació para “agricultores ricos”, según sus detractores, y que atenaza a los pobres al segurarse la distribución exclusiva de semillas.

Del otro, Greenpeace, la organización ecologista que más beligerante se ha mostrado hasta la fecha y que simboliza el pensamiento del grueso de los contrarios a los transgénicos. En este grupo se cuentan otras muchas organizaciones ecologistas, un amplio sector de la opinión pública europea y un grueso nada despreciable de científicos que argumentan la falta de evidencias científicas sobre sus potenciales efectos adversos para humanos, animales y medio ambiente.

El tercero, y a priori el más neutro y cauteloso, es el representado por una comunidad científica creciente que entiende que limitar el uso de los transgénicos y sobre todo su investigación es frenar el avance científico y restringir las posibilidades de supervivencia para millones de personas. Algo así como poner vallas al campo.

¿Son irreconciliables los tres vértices? No hay duda de que por el momento así es; y nada parece sugerir una solución de consenso a corto plazo. Tal vez porque lo que está en discusión, en el fondo, no es tanto la tecnología y su impacto sobre la salud ambiental y humana, que existe y es relevante, sino el modelo de desarrollo económico en los países menos desarrollados o con pocos recursos económicos. El riesgo cierto de que la tecnología de transgénesis vegetal sea monopolizada por unas pocas empresas es una amenaza demasiado relevante como para no ser tenida en cuenta.

Modelos de innovación

La historia pública de los vegetales transgénicos tiene en el científico alemán Ingo Potrykus, padre del arroz dorado, una de sus figuras emblemáticas a la par que pioneras. Fue en la década de 1980 que empezó un larguísimo proyecto en la prestigiosa Escuela Politécnica de Suiza para aplicar técnicas de ingeniería genética para el desarrollo de vegetales destinados a lo que entonces se conocía como economía de subsistencia. Diversas variedades de arroz del sudeste asiático centraron su foco. Al interés científico por alterar a voluntad una ruta metabólica en el vegetal, el investigador quería añadir su contribución particular a la erradicación del hambre en el mundo.

Poco se imaginaba Potrykus que su arroz dorado iba a topar con tantas dificultades como las que se le avecinaban. Para el desarrollo del arroz el científico llegó a violar cerca de 70 patentes industriales pertenecientes a las grandes empresas biotecnológicas del sector. En el otro extremo, Greenpeace y otras organizaciones ecologistas denunciaron públicamente el arroz transgénico por los riesgos potenciales que entrañaba en salud humana y ambiental. Corrían ya los años noventa. Arrancaba entonces un debate, todavía no concluido, que con el tiempo acabaría desplazándose a qué modelos de crecimiento económico debían aplicarse en países en desarrollo.

Desde las organizaciones ecologistas y desde sectores cada vez más amplios de la opinión pública y la sociedad se reclama un modelo sostenible que cumpla a la vez las necesidades futuras y presentes de acceso a una alimentación segura y de respeto al medio ambiente. Un amplio sector de la comunidad científica, por su parte, plantea la inocuidad de los transgénicos y la necesidad de proseguir con investigaciones que mejoren la resistencia vegetal a sequías prolongadas, altas salinidades o la incorporación de nutrientes y compuestos que mejoren la salud, por ejemplo, amén de una mayor productividad. Las empresas, por su parte, guardan silencio en los foros públicos mientras prosiguen su investigación, la comercialización de algunos productos y el monopolio casi exclusivo de semillas transgénicas.

De Suiza a Filipinas

El arroz dorado nació en los laboratorios de la universidad pública suiza. Su objetivo no fue nunca lograr una patente sino destinar los potenciales efectos beneficiosos de la inclusión de provitamina A a los habitantes de los países del sudeste asiático afectados por la carencia de esta vitamina esencial. Su ausencia, que afecta miles de personas cada año, especialmente niños, pude provocar ceguera y en casos extremos derivar en la muerte. El equipo dirigido por Ingo Potrykus siempre ha defendido la bonanza de su producto y ha llegado a ofrecer la tecnología y el conocimiento acumulado a organismos internacionales.

En paralelo, el investigador alemán ha promovido una plataforma internacional a la que se han adherido 15 países productores de arroz. Entre ellos, India, Vietnam, China, Indonesia o Filipinas. La condición es que las semillas del arroz dorado lleguen directamente a los agricultores a bajo coste y siguiendo medidas de control.

Greenpeace, la más reacia a aceptar el arroz dorado, sostiene que pasados los años el vegetal transgénico no ha podido evidenciar los beneficios pretendidamente positivos sobre la salud y a cambio se introduce una especie artificiosa en el medio que puede dañar irreversiblemente el medio ambiente. Propone, como alternativa, emplear métodos de mejora vegetal “menos agresivos”, revisar el modelo económico de los pequeños agricultores y preservar las condiciones ambientales naturales.

Mientras, la comunidad científica se ha posicionado a través de un amplio estudio promovido por la Academia Americana de Ciencias en el que se descartan efectos negativos para el medio ambiente y la salud, al tiempo que premios Nobel defienden que se avance en esta dirección. Pero también hay científicos que avalan la posición contraria con argumentos en absoluto triviales.

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