La dieta del buen humor

Una dieta equilibrada y variada es suficiente para desempeñarnos con normalidad, pero podemos añadir alimentos para mejorar nuestro estado de ánimo
dieta mediterranea

La vida no es tan complicada como a veces nos parece. Y la alimentación, por mucho que lo supongamos, tampoco lo es. Ni son necesarios grandes conocimientos ni recurrir a complicados textos de nutrición ni, mucho menos, seguir los consejos de los libros de autoayuda. Para el común de los mortales, que somos mayoría, basta con un mínimo sentido lógico y un mucho de sentido común. En líneas generales, aunque suene pueril, mantener una dieta equilibrada, rica en frutas y verduras, con un consumo moderado de carne roja y presencia razonable de pescado, y con el mínimo peso posible en alimentos procesados, gasas saturadas y azúcares añadidos, es más que suficiente. Si se le añade actividad física a diario, ahí está la fórmula mágica del equilibrio. Y como recuerdan multitud de estudios científicos contrastados internacionalmente, con equilibrio se anda lejos.

Ahora bien, ¿es posible modificar esta dieta sin perder el equilibrio? ¿Es factible enriquecerla de algún modo sin cruzar ninguna línea roja? ¿Tiene sentido modificarla sin caer en los habituales excesos de las dietas milagro? La respuesta de cualquier especialista en nutrición humana es siempre afirmativa. Algunos alimentos pueden reforzar el equilibrio de una dieta saludable y, como han verificado estudios recientes, incluso influir en el estado de ánimo. Es lo que algunos expertos, de manera totalmente informal, definen como “la dieta del buen rollo” o la “dieta del buen humor”.

Alimentos con doble cara

Vaya por delante que no existe ninguna molécula del buen humor y, ni mucho menos, el gen del buen rollo. Lo que sí hay son alimentos e ingredientes de los mismos que pueden influir en el estado de ánimo. El ejemplo tópico es el de la cafeína, que si bien puede ayudarnos a mantener un cierto nivel de alerta (mantenernos despiertos), también puede conducirnos a la irritabilidad si tomamos café en exceso. Hay otros muchos ejemplos con doble cara.

El más claro, los dulces. De ellos se sabe que su principal componente, el azúcar, así como el chocolate, influye en el nivel de serotonina, un neurotransmisor que guarda relación con el estado de ánimo. Como es conocido, los bajos niveles de serotonina se correlacionan con tristeza y depresión, por lo que algunos fármacos antidepresivos se basan en fórmulas que tienden a mantener su concentración en equilibrio. De ahí que tomarse un dulce sea algo así como un chute, un impacto con el que hay que tener cuidado. El efecto beneficioso sobre el estado de ánimo es temporal y el exceso abre la puerta a la obesidad. La alternativa serían frutas dulces.

Las dietas hipocalóricas, por su parte, parece que pueden contribuir a aumentar la longevidad, según estudios publicados recientemente. Sin embargo, la restricción calórica puede influir negativamente en el estado de ánimo, fenómeno constatado cuando se valoran las llamadas dietas milagro. La sensación de hambre puede conducirnos a estados de irritabilidad, ansiedad o incluso asociarse a estados depresivos.

A tener en cuenta

El triptófano, el magnesio y el ácido fólico, por distintos motivos, son tres de las moléculas a tener en cuenta junto con la fenilalanina y, en general, las vitaminas del grupo B y la vitamina C.

Del triptófano puede decirse que rompe algunos moldes. Se trata de un aminoácido que está asociado a la producción de serotonina que, como se ha indicado, es un neurotransmisor implicado en la regulación del estado de ánimo. Es posible encontrarlo en grandes cantidades en los productos lácteos, incluidos los fermentados. También en la carne de pollo o la soja. Esta es una de las justificaciones para seguir tomando leche más allá del periodo de desarrollo, lo cual choca con los problemas asociados a la intolerancia a la lactosa.

El magnesio, por su parte, es un componente esencial para la producción de energía y, en general, para el mantenimiento del sistema nervioso. Presente en vegetales de hoja verde, como las espinacas, o en los frutos secos. El progresivo deterioro de las tierras de cultivo, que tienden a empobrecerse en magnesio, provoca una merma importante en los vegetales, motivo por el cual abundan preparados específicos de parafarmacia.

La fenilalanina es otro de los aminoácidos esenciales. De ella se sabe que contribuye a frenar la velocidad de descomposición de las endorfinas y a la producción de dopamina y otros neurotransmisores (catecolaminas) del mismo grupo. Todas ellas están implicadas en procesos de bajo estado de ánimo, como la tristeza o la depresión. O, en un sentido más popular, en aquellos bajones de ánimo que todos tenemos alguna vez. El tomate y los garbanzos contienen gran cantidad de este aminoácido.

Finalmente, la Vitamina B12 y el ácido fólico, son las moléculas que parecen guardar mayor relación con el estado de ánimo, junto con la B1. En conjunto, se clasifican como vitaminas del grupo B que suelen prescribirse medicamente, entre otras razones, para mejorar el estado de ánimo. En estado natural pueden encontrarse en verduras de hoja verde, carne de cerdo, pescado y moluscos.

Ojo con las dietas milagrosas

La reciente popularidad que ha alcanzado la llamada ‘dieta de la enzima prodigiosa’, no es más que una ingeniosa mezcla de sentido común, ignorancia científica e intereses económicos, junto con alguna verdad y un montón de falacias que utilizan a favor propio un fenómeno conocido y bien descrito en la disciplina conocida como psicología de la alimentación: comer lo que deseamos en el momento que queremos hace sentirnos bien con independencia de si es o no apropiado.

El mismo fundamento tiene que ver con las llamadas dietas milagro, en las que una creencia, por lo general poco fundamentada, acaba convirtiéndose en una certeza que aumenta nuestro interés por unos alimentos o unas restricciones que nos hacen creer que es necesaria o incluso apetecible.

Diversas administraciones sanitarias han publicado guías para advertir al consumidor de las presuntas bondades, o maldades, de una dieta milagrosa. La Food and Drug Administration (FDA), la agencia estadounidense del medicamento y la alimentación, es una de ellas, tal vez la más reconocida.

Entre otras advertencias, la FDA señala que debe desconfiarse de aquellas dietas que prometan curar enfermedades o estados de salud alterados en poco tiempo. También llama a desconfiar de cualquier receta que destaque lo natural por encima de cualquier otra apreciación, en particular si lo contrapone a “lo químico”. El exceso de quimiofobia, indican, es una señal de alerta.

Otros factores que delatan a estas dietas son las teorías conspiranoicas que destacan el interés de gobiernos, multinacionales farmacéuticas o grandes empresas alimentarias por esconder información valiosa a favor de productos claramente nocivas. Algo de cierto hay en estas consideraciones, en particular, si nos referimos a compuestos como el azúcar refinado o las grasas saturadas. Pero no por ello ni todo es malo ni hay que eliminar alimentos básicos. El equilibrio y la variedad, como siempre, son la mejor respuesta. Y por supuesto, actuar con conocimiento de causa.

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