La contradicción de las grasas

Dos estudios internacionales sugieren que las dietas ricas en grasas combinadas con un bajo aporte de hidratos de carbono frenan el envejecimiento y mejoran la memoria

¿Dislate, contradicción o nuevas evidencias? ¿No habíamos quedado que el consumo de grasas, en general, es un factor de riesgo de obesidad, diabetes o enfermedades cardiovasculares? ¿Por qué ahora las dietas cetogénicas se apuntan como una posible solución para mejorar nuestra calidad de vida?

La respuesta no es evidente ni desmonta muchos de los preceptos hasta ahora asentados. Tampoco la aportan investigadores inexpertos ni con pocos escrúpulos, sino todo lo contrario. Dos artículos publicados en la revista Cell Metabolism, integrante de uno de los grupos editoriales más influyentes y de mayor impacto mundial del ámbito científico, sugieren que una dieta cetogénica mejora la memoria en los ratones de laboratorio empleados para el estudio de mayor edad, así como que aumentan las posibilidades de que el animal viva hasta la vejez.

Dicho de otro modo, ambos trabajos vienen a señalar que, al menos en roedores, aumentan la esperanza de vida y, especialmente, la calidad de vida de los animales que han tomado este tipo de dieta. Por calidad de vida se entiende una mayor capacidad de memoria, y probablemente de otras aptitudes cognitivas, una mayor fuerza física y, en términos generales, una mejor salud general. Es decir, vivir más y mejor.

Las dietas cetogénicas

En términos generales, las dietas cetogénicas se caracterizan por su bajo aporte calórico y la restricción de la ingesta de hidratos de carbono. Suelen prescribirse como herramienta terapéutica en pacientes diagnosticados de obesidad mórbida un tiempo antes de someterse a cirugía y también para el tratamiento de epilepsias graves que no responden adecuadamente al tratamiento con anticonvulsivos.

En una dieta cetogénica convencional el organismo, en lugar de tirar de su fuente de energía principal, las grasas, que son consideradas de lenta degradación metabólica y alta eficiencia ,recurre a la degradación de los carbohidratos, de baja eficiencia energética. Diversos tipos de dieta recurren a este fenómeno ante necesidades terapéuticas muy concretas pero también como fórmula para la pérdida de peso.

Como es sabido, la quema de grasas se activa de forma natural en periodos de ayuno o cuando se reduce el consumo de carbohidratos y aumenta el de grasas. La dieta cetogénica consiste justamente en reducir el aporte de hidratos de carbono (cereales, legumbres, frutas, tubérculos…) e incrementar el consumo de las llamadas grasas buenas (aguacate, aceite de oliva, coco, etc.) a fin de “forzar” al cuerpo a consumir de nuevo grasas.

Su aplicación como modelo dietético a seguir para la pérdida de peso entró en contradicción cuando se constató el efecto negativo sobre el cerebro, órgano que consume cerca del 20% de nuestra energía diaria y que a través de la barrera hematoencefálica impide la entrada de las grasas. Los carbohidratos, por el contrario, sí pueden llegar al cerebro. Restringirlos, por tanto, podía suponer una temeridad.

Todo cambiaría al descubrirse que los cuerpos cetónicos, uno de los derivados de la descomposición metabólica de las grasas, sí pueden atravesar la barrera hematoencefálica. Se descubrió también que poseen efectos antioxidantes y de reducción de radicales libres, a la vez que ejercen un efecto neuroprotector. Con el tiempo se ha visto que el aumento de cuerpos cetónicos circulantes en sangre, que se generan en el hígado a partir de las grasas, disminuye la sensación de apetito.

Longevidad y memoria

Los estudios publicados en Cell Metabolism abren, de hecho, un nuevo debate sobre el beneficio de las dietas sobre la longevidad y alguna de nuestras capacidades cognitivas. No entra a valorar en ningún caso el efecto positivo de las grasas como fuente de energía, su peso en los mecanismos hormonales o su papel como termorregulador. A efectos prácticos, representa un paso más en la línea de constatar la relación entre el aporte calórico total y la expectativa de vida y, en este caso concreto, sobre capacidades cognitivas.

Los estudios se han realizado en ratones. El primero liderado por investigadores del Buck Institute for Research on Aging y el segundo por la Universidad de California en Davis, ambos en Estados Unidos. En opinión de Jon Ramsey, autor principal del artículo de la universidad californiana, “es impresionante” la diferencia observada en los animales. Ni más ni menos que un aumento del 13% en la esperanza de vida media de los ratones con una dieta alta en grasa en comparación con una rica en carbohidratos. Si extrapoláramos los resultados a humanos, estaríamos hablando de siete a diez años de vida adicional. Más importante, si cabe, es que la mayor parte de ese tiempo los animales conservan prácticamente íntegra su calidad de vida.

Del mismo modo, los ratones sometidos a dieta cetogénica mostraron en el estudio un aumento de la memoria y de la función motora (fuerza y coordinación), menores signos de marcadores de inflamación relacionados con la edad y un menor impacto, aunque relativo, en la incidencia de tumores.

Objetivo: más y mejor

Investigaciones como las publicadas en Cell Metabolism ponen de nuevo sobre la mesa aspectos intuidos desde hace años  y que la ciencia se está encargando de ir contrastando poco a poco. En esencia, y reducido muy groseramente, que las personas que se mantienen en sus justos parámetros de peso o por debajo de ellos, tienden a gozar de mejor salud y viven más años.

La simplificación, no obstante, es excesiva, puesto que no se trata de comer menos sino de saber qué comer y en qué cantidades. Una dieta cetogénica, en efecto, parece que puede contribuir a ese vivir más y mejor que se persigue. Pero no habría que olvidar que su seguimiento a pies juntillas puede derivar en efectos perjudiciales para la salud.

Algunos expertos sostienen que la alternancia de dietas cetogénicas convenientemente modificadas, junto con el ayuno intermitente (diario o periódico) podrían estar en la base de futuras intervenciones terapéuticas para casos diagnosticados de obesidad o determinadas alteraciones neurológicas o incluso metabólicas.

Si fuera este el caso, y admitiendo que son precisos más estudios y mucho más concluyentes, podríamos estar enfrente de lo que se podría denominar la dieta universal para alcanzar una vejez en mejores condiciones. Sin duda, un salto cualitativo sin precedentes en términos de salud pública y prevención. Pero, como en todo, paso a paso y sin caer en exageraciones interesadas.

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