Estética y salud no cuadran

Los valores estéticos femeninos impuestos socialmente difieren de las atribuciones de salud recomendadas

Cuando se pregunta abiertamente que se valore que es lo que uno entiende como un cuerpo saludable cuando observa a otra persona, la respuesta nos devuelve a una mujer delgada y a un hombre ligeramente barrigón pero en ningún caso obeso. A lo sumo, un leve sobrepeso visible en su región abdominal. La misma respuesta es dada por hombres y mujeres en proporciones similares, según distintos estudios.

Si esto es así, significa que un cuerpo sano de mujer es un cuerpo magro, sin grasas, mientras que para el hombre, lejos de considerar saludables unos abdominales de tableta, se acepta algo de grasa en su cuerpo, aunque la cara es preferible que se muestre enjuta. La percepción propia y ajena de salud, pues, difícilmente puede disociarse de la cantidad de grasa que acumulemos.

La pregunta es, no obstante, hasta qué punto percepción y realidad cuadran. Y por lo que parece, no acaban de casar, sobre todo para el caso de la mujer. En hombres, realidad percibida y estado saludable se acercan. No en mujeres. El organismo femenino precisa de más grasa de la que, entre todos, atribuimos al estándar de belleza. Las razones son sobre todo de orden fisiológico y evolutivo.

Patrón estético

Aunque el estándar de belleza actual designe a las mujeres delgadas y a los hombres musculosos como el patrón a seguir, ni siempre ha sido así ni tampoco ha sido clave evolutivamente para asegurar nuestra continuidad como especie. Del mismo modo, tampoco estos patrones sugieren necesariamente el mejor de los estados posibles de salud, especialmente entre las mujeres. La grasa, en su justa medida, es necesaria para una buena salud y, desde el punto de vista evolutivo, garantía de potencial reproductivo.

Ambos aspectos son conocidos desde hace años y periódicamente se publican artículos que no hacen más que reforzar este concepto. El último de ellos, en la revista PLOS ONE por investigadores de la Universidad de Macquarie, en Australia. Su estudio se basó en la posibilidad de alterar mediante técnicas informáticas el aspecto de imágenes masculinas y femeninas.  Al efectuar las modificaciones, cambiaban las proporciones de musculatura y grasa corporal, aspectos que los participantes (mitad hombres, mitad mujeres) desconocían.

El resultado, previsible, fue que la cantidad de grasa preferida por los encuestados, tanto masculinos como femeninos, estaba por debajo de lo considerado saludable. La cantidad de músculo, sin embargo, no pareció relevante a los participantes del estudio. En general, las preferencias estéticas para las mujeres se alejaban notablemente del patrón saludable, mientras que para los hombres los parámetros venían, poco más o menos, a encajar.

Los autores de la investigación entienden que el patrón estético femenino, considerado desde ambos sexos, guarda ya poca relación con los fines reproductivos percibidos evolutivamente y no mucha, tampoco, con las necesidades de grasa que se atribuyen a la fisiología femenina. El motivo, sostienen, es claramente cultural y relativamente moderno.

Grasa necesaria

En términos generales, las mujeres tienen un mayor porcentaje de grasa en el cuerpo que los hombres. Se entiende que un nivel saludable de grasa se situa, de media, entre el 21% y 33% de la masa corporal global para la mujer, y entre el 8% y el 21% en el caso del hombre. Esta proporción de grasa proporciona a la mujer suficiente energía para la ovulación a lo largo de su vida fértil, así como para la gestación y la lactancia. Menores proporciones pueden provocar problemas en la ovulación o incluso provocar infertilidad. Si las proporciones se superan, lo cual sería equivalente a sobrepeso u obesidad, pueden darse los mismos problemas, agravados por los propios de los kilos de más.

Desde el punto de vista evolutivo, está probado que los humanos, al igual que otras muchas especies animales, buscan atributos específicos en el sexo contrario para asegurar la procreación y así la continuidad de la especie. Están más que verificados los olores que emiten machos o hembras para provocar el apareamiento, la liberación de hormonas, los cortejos o la adopción de conductas que tienen por objeto tanto alejar a posibles competidores como acercar a la pareja para una eventual copulación.

De los humanos también se conocen rituales y otros elementos que buscan el mismo fin. La delgadez extrema de la mujer es, desde esta perspectiva, sinónimo de incapacidad de procrear y de mantener la capacidad para amamantar con garantías de supervivencia a la cría. Para el hombre, la presencia de vello corporal y barba, así como una relativa ausencia de grasa en beneficio de musculatura, es sinónimo de fortaleza para la caza y la defensa frente a ocasionales predadores o contrincantes.

Moda contra salud

Los atributos físicos masculinos y femeninos perfilados a lo largo de la evolución se han mantenido prácticamente inalterados a lo largo de los tiempos, en parte conservados por factores culturales en los que se ha mantenido un claro dominio de los roles de dominación del hombre sobre la mujer. En el momento en el que se rompen estos roles y la mujer toma el camino hacia la emancipación, el valor estético gana peso sobre el puramente físico.

El por qué de las preferencias actuales acerca de mujeres delgadas y hombres musculados podría decirse que es, por tanto, cultural y no una muestra de salud o de historia evolutiva. Tan solo podría argumentarse, en este sentido, que delgadez, femenina y masculina, se asociaría a juventud, puesto que la masa de grasa corporal tiende a incrementarse en ambos sexos a medida que avanzan los años, lo mismo que decrece la masa muscular.

En cualquier caso, estos atisbos de eterna juventud que se asocian a la delgadez y a la musculatura, se han llevado al extremo debido a la influencia mediática que vende estos cuerpos y como conseguirlos siguiendo consejos que pueden poner en riesgo la salud. Los trastornos alimentarios en la sociedad occidental son buena prueba de ello. También lo son la publicidad de dietas milagrosas o el obsesivo culto al cuerpo que se practican de un tiempo para esta parte. Dicho de otro modo: estética y salud no siempre cuadran.

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