El mejor estropajo

Reutilizar los utensilios de limpieza e higiene hasta el límite, como estropajos o esponjas, puede acarrear graves e indeseados problemas de seguridad alimentaria

Multitud de estudios de investigación intentan abordar elementos de lo más variopinto e impensado. Entre ellos, los relativos a la limpieza o la higiene doméstica. Pese a ello, habría que preguntarse hasta qué punto sus resultados  suponen algún cambio de hábito en los consumidores. La ciencia intenta mejorar la calidad de vida o informar de peligros, ante los que los consumidores pueden tomar las mejores opciones. Este es el caso de un estudio reciente que pone de manifiesto un problema de higiene en muchas cocinas domésticas. El estudio sugiere que tirar esponjas, estropajos u otros utensilios suele ser mejor que seguirlos utilizando. Entre otras razones, porque en general suponen un coste ridículo. Sin embargo, ahí están, sentimos un apego por ellos difícil de justificar.

Todos los elementos que ponemos en contacto con la vajilla o la cubertería, con la que luego vamos a comer, juegan un papel importante en nuestra higiene diaria. Quizás, si de ahorro se trata, podríamos optar por no limpiar la vajilla. Tal vez, con pasarle un poco de agua y dejarlo secar podría ser suficiente. La mayoría de los consumidores desconocen que la sequedad es el mejor desinfectante.

Sin embargo, ¿nos parecería aceptable? Es muy probable que no. Con el tiempo hemos entendido que hay que lavar los platos y los cubiertos con agua y un detergente. Para repartir el agua y el producto de limpieza normalmente utilizamos un estropajo o una esponja. En muchas ocasiones, a este elemento esencial para la limpieza no le prestamos ninguna atención. Y si lo pensamos bien, seguro que hemos visto en nuestras casas esponjas oscuras, paños que cambian de color o incluso que huelen mal; pero tardamos en tomar la decisión de su limpieza o de su cambio por otros nuevos. En realidad, estudios recientes demuestran que no da igual lo que hagamos y cuándo lo hagamos. En esencia, de nuestra forma de hacer, puede depender la alteración de los alimentos que preparamos en casa o, incluso, nuestra salud.

Higiene doméstica

La higiene doméstica es un factor esencial en la cesta de la compra. Aunque en algunos casos puede resultar una actividad engorrosa y poco gratificante, seguimos comprando multitud de productos de limpieza, que utilizamos regularmente. De acuerdo con datos de consumo, la decisión sobre la compra de estos productos sigue siendo propia de las mujeres (48% de los hogares), aunque en comparación con el resto de países de Europa, este porcentaje es 7 puntos inferior. Esto supone que cada vez es una decisión más compartida (en un tercio de las ocasiones). De acuerdo con los datos de la consultora Nielsen, la decisión se basa en la eficacia comprobada en el entorno doméstico y la relación calidad-precio (85% de los hogares).

Desde el punto de vista del consumidor, valorar la eficacia es poner de manifiesto que ha habido una eliminación de la suciedad visual y que no hay colores u olores extraños, pero difícilmente habrá una valoración analítica de los resultados.

Sin embargo, aun conociendo el interés de los consumidores por la higiene, para asegurar un entorno familiar adecuado, a menudo nos encontramos con situaciones poco higiénicas que no encajan con esa idea previa. Esta es la situación de las herramientas que empleamos para la higiene doméstica. Normalmente nos cuesta cambiar los cepillos de dientes con frecuencia, esponjas o estropajos. Parece que forman parte de nuestra vida y nos encontramos cómodos con ellos en casa.

Un elemento clave parece que es el olor. Difícilmente utilizaremos una esponja que apeste en nuestra higiene diaria. La decisión lógica podría suponer lavarla o tirarla. Es curioso que algunos países, como en EE UU, el apego es tan importante que antes de tirar cualquiera de estos utensilios se lavan en la lavadora, se les desinfecta con agua hirviendo o con un tratamiento al vapor en microondas.

Si valorásemos estos tratamientos, en consumo de agua, energía y productos de higiene, veríamos con claridad que son mucho más caros que tirar el utensilio a la basura y comprar otro nuevo. Quizá esto nos demuestre lo que nos cuesta tirar a la basura cosas que forman parte de nuestro entorno doméstico.

Activar peligros

Recientemente se han publicado los resultados de una investigación sobre la situación de estos productos. Como es sabido, los microorganismos están por todas partes, incluyendo nuestra piel y las superficies de nuestra casa. No obstante, la sola presencia no significa nada, estos seres necesitan comida y agua para poder crecer y actuar. La comida la consiguen con los residuos de nuestra piel, del aire o de otras materias orgánicas. El agua, de cualquier proceso de limpieza. De hecho, los estropajos y esponjas acumulan gran cantidad de humedad. Si no se secan, la humedad residual, retenida en las fibras garantiza la supervivencia de estos microorganismos.

Como se ha comentado, el mejor desinfectante es la sequedad, por lo que si no nos aseguramos que los elementos de limpieza queden secos, estaremos ante un problema. La solución es utilizar productos químicos desinfectantes, lo que no es muy habitual. A veces podría ser suficiente dejar el producto con una solución ácida, aunque no aseguramos una eficacia total.

¿Lavar o tirar?

Cuando utilizamos desinfectantes a baja concentración o de forma inadecuada, el efecto es claramente contrario al esperado, los microorganismos presentes activan sus mecanismos de resistencia a desinfectantes y antibióticos, ya que es la manera que tienen de sobrevivir. En consecuencia, la peligrosidad aumenta.

Lavar es la solución que nos parecerá más apropiada. Metemos todo en la lavadora y la esponja sale aparentemente limpia. En realidad, lo que hacemos es eliminar una parte importante de microorganismos inocuos, es decir, de aquellos poco resistentes. Sin embargo, los que pueden ser patógenos sobreviven y, con la humedad que queda, son capaces de crecer por encima de los que había previamente. En realidad, lo que hemos hecho es seleccionar, especialmente, a bacterias con riesgo potencial.

El elemento determinante es el color y el olor. Si vemos que nuestras esponjas o estropajos cambian de color, normalmente hacia tonos pardos y oscuros, y/o huelen mal, no merece la pena intentar recuperarlos, es mejor tirarlos a la basura y comprar otros nuevos. Esto ayudará a la salud de nuestro entorno. Seguro que nuestra piel lo agradece.

Bibliografía

  • Cardinale M., Kaiser D., Lueders T., Schnell S., Egert M. 2017. Microbiome analysis and confocal microscopy of used kitchen sponges reveal massive colonization by Acinetobacter, Moraxella and Chryseobacterium species. Scientific Reports. 7:5791. DOI:10.1038/s41598-017-06055-9.

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