El imposible debate de los alimentos orgánicos

Los alimentos orgánicos crecen entre las preferencias de compra del consumidor a la espera de datos concluyentes que los avalen como opción ambiental
agricultura orgánica

Bajo el epígrafe de alimentación orgánica no hay un único debate, sino varios y todos de un cierto calado. Están al menos el de la seguridad alimentaria en sentido estricto, el de la calidad nutricional, el de la sostenibilidad y el de la accesibilidad. En todos ellos el argumentario economicista, más o menos camuflado, juega un papel determinante. La conclusión principal, sin embargo, es que hay todavía pocos argumentos sólidos que justifiquen la bondad de unos sobre otros, es decir, de orgánicos sobre los que podríamos denominar fruto de la agricultura convencional, pero tampoco los hay en sentido contrario. Mientras crecen entre las preferencias de los consumidores, sus detractores afilan los dientes buscando contraargumentos.

Vayamos por partes. ¿Es orgánico –o ecológico o biológico- necesariamente mejor que el mismo producto procedente de la agricultura tecnológica? La respuesta, como no podía ser de otra manera, depende de la óptica que se aplique.

En términos de productividad, no hay color. La agricultura tecnológica, en la que están entrando con fuerza la robotización, el big data, la tecnificación de la mejora genética, nuevos agroquímicos y una sofisticación sin precedentes en el uso de maquinaria que conecta las cosechas y su recolección con procesos industrializados, pretender competir en cantidad no tiene sentido. Ahora bien, como alerta la FAO en más de un informe, el crecimiento esperable es a costa de la uniformización de los cultivos, de una tendencia alarmante al monocultivo y del agotamiento del terreno. Los rendimientos se sitúan entre el 10% y el 35% de los cultivos en función de la fuente consultada.

Evolución ambiental

En términos de huella ambiental, los expertos no acaban de ponerse de acuerdo. Mientras que los defensores de la agricultura orgánica defienden la sostenibilidad de este tipo de cultivos por su menor impacto, sus detractores aseguran que las emisiones de CO2 son mayores. Pero no hay pruebas irrefutables. Más bien al contrario, dado el uso de maquinaria pesada y la tendencia al uso intensivo del suelo.

Por otro lado, aunque bien es cierto que los productos orgánicos son ajenos al uso de plaguicidas y de abonos químicos, también lo es que las técnicas de producción de abono natural así como la investigación en la lucha biológica contra plagas han dado un salto enorme. En detrimento del tiempo de respuesta, es verdad, y ocasionalmente de un mayor número de tratamientos, pero no de una eficacia que tiende a aumentar.

Desde la FAO, organizaciones de productores e incluso agencias gubernamentales, sobre todo de países en desarrollo de África y América Latina, se defiende que el uso de prácticas tradicionales mejoradas, aunque sin el uso de agroquímicos, favorece la biodiversidad y la recuperación de variedades autóctonas sin necesidad de caer en la tentación de los monocultivos intensivos. El problema, especialmente en África, es el limitado acceso al agua que existe en amplias razones, aspecto que sin duda afecta por igual cualquier tipo de práctica agrícola.

La promoción del autoconsumo, finalmente, se está viendo como una alternativa viable tanto en países desarrollados como en desarrollo. Es la agricultura urbana, o incluso periurbana, la que mayores expectativas despierta.

Entre la calidad y la seguridad

Con respecto a la calidad nutricional, hay coincidencia entre los expertos. En términos generales, no hay diferencias sustanciales entre una manzana orgánica y otra de cultivos convencionales en cuanto a nutrientes se refiere. Sí las hay en cuanto a propiedades organolépticas y en términos de vida útil en los estantes de los supermercados.

En los cultivos convencionales se aplican técnicas de recogida y almacenamiento que, combinadas con la selección de productos mediante calibres y apariencias, llevan a que un producto correctamente tratado se deteriore cada vez menos, algo que no ocurre con la orgánica, que disfruta de tiempos más cortos de conservación.

El más rápido deterioro, así como una menor eficacia de los tratamientos fitosanitarios, elevan el riesgo de eventuales toxiinfecciones alimentarias. El riesgo se reduce observando unas estrictas condiciones de higiene, de manipulación y de conservación. Otra cosa bien distinta son la leche sin pasteurizar o los huevos en los que las condiciones higiénicas son pobres y donde los microorganismos pueden proliferar fácilmente.

Accesibilidad y suficiencia

La alerta más reiterada en los últimos años es que el planeta va a tener más de 7.000 millones de habitantes en 2050, y que esta superpoblación mundial, mayoritariamente localizada en las grandes urbes, va a tener que alimentarse de algún modo. Existe un cierto consenso en que la única forma de dar de comer a todos pasa por incrementar la actuales producciones agrícolas y ganaderas y plantear alternativas a las dietas diarias preponderantes. El recurso a explotaciones cada vez más tecnificadas y productivas se ha apuntado siempre como la única alternativa viable.

Al discurso formal, sin embargo, hace un tiempo que le han salido competidores que basan su relato en argumentos bien distintos. Dando por cierta la expectativa de superpoblación, entienden que buena parte del problema podría resolverse con políticas de redistribución, especialmente de excedentes, y de tratados comerciales que eliminaran en parte el exceso proteccionista que impera en algunas zonas del mundo, como Europa.

Asimismo, el acceso a tecnología y a formación, podría revertir una parte sustancial del problema en África, junto con políticas comerciales propicias para el desarrollo local. Todo ello sin olvidar dos cuestiones clave: el acceso al agua en zonas deprimidas y liberar numerosas patentes que constriñen el crecimiento.

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