El horario del cáncer

Cenar temprano y acostarse al menos dos horas después de comer se asocia con un 20% menos de riesgo de cáncer de mama y de próstata

El cerco preventivo al cáncer, especialmente a las formas de mayor prevalencia, está tomando caminos insospechados hasta hace relativamente poco tiempo. Si hasta ahora, además de a las condiciones genéticas de cada cual se les añadía la observancia de hábitos saludables, se entendía que se estaban dando pasos de enorme relevancia en la buena dirección. La dieta, el ejercicio moderado o el abandono de factores de riesgo como el tabaquismo o el sedentarismo, configuraban la mejor receta disponible.

Hasta ahora. A la lista de hábitos saludables se le acaba de añadir el horario de los ágapes. En particular, la hora de la cena y el descanso entre el último bocado de día y la hora de acostarse. Los expertos recomiendan cenar sobre las nueve de la noche y dejar pasar al menos dos horas antes de acostarse para dormir.

Las recomendaciones han sido extraídas de un estudio observacional sobre 4.000 personas desarrollado por investigadores del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), centro impulsado por la Fundación Bancaria ‘la Caixa’. Los investigadores han visto que cenar antes de las nueve de la noche y esperar esas dos horas antes de acostarse, lo que sería equivalente a haber hecho la digestión, se correlaciona con una reducción del 20% el riesgo de padecer un tumor de mama o de próstata, en comparación con personas que cenan muy tarde, pasadas las 10 de la noche, o se acuestan con el estómago lleno. El porcentaje incluso aumenta un 5% adicional si se combinan ambas medidas.

Manolis Kogevinas, investigador de ISGlobal y primer autor del estudio, recién publicado en el International Journal of Cancer, en declaraciones a La Vanguardia recuerda la existencia de datos experimentales en animales que vinculan el horario, el desarrollo de determinadas actividades y su influencia en la salud. El investigador se refiere específicamente a los horarios biológicos. El más conocido es el regulado por los ciclos día-noche, el ritmo circadiano, ubicado fisiológicamente en la base del cráneo y fuertemente influenciado por la presencia o ausencia de luz. El segundo, probablemente localizado en el intestino u otros órganos, está influido por la regularidad de nuestra comidas. Por lo que parece, ambos podrían estar interrelacionados.

Búhos y alondras

Los conceptos diurno y nocturno atribuidos a múltiples facetas de la conducta humana –y no solo humana- llevan años bien establecidos. Aunque se siguen ignorando muchos de los mecanismos por los que se rigen, se sabe a ciencia cierta que ambas conductas situadas en polos opuestos llevan aparejadas diferencias notables entre individuos de un signo u otro. Las diferencias, como se ha demostrado en múltiples estudios, pueden ser anecdóticas, pero también pueden predefinir estados de salud negativos en mayor o menor grado. En este sentido, se sabe de la influencia de seguir el ritmo circadiano adaptado a la luz solar (diurnos o alondras) o no (nocturnos o búhos) en el ámbito psicológico y también, y de forma destacada, en el fisiológico. Siendo así, ¿podría tener relación con el cáncer? Esta es la pregunta que han tratado de responder Kogevinas y sus colaboradores.

Como destaca el especialista en La Vanguardia, el estudio “es el primero” que analiza la relación entre los horarios de la comida y el sueño, con el riesgo de padecer dos de los cánceres más prevalentes, los de mama y próstata, ambos muy relacionados con los turnos de noche y la alteración del ritmo circadiano. Va, por tanto, mucho más lejos de la influencia de lo que se come habitualmente y en qué cantidad, la dieta, los ingredientes o la presencia de agentes carcinogénicos, factores todos ellos para los que ya se ha demostrado su peso.

El trabajo pone en evidencia que acostarse justo después de cenar perjudica, mientras que esperar un par de horas, lo que suele durar la digestión, podría jugar un papel protector. Esa mayor protección se da, estadísticamente, entre las alondras, las personas que se levantan temprano. Si se combina con cena y descanso antes de acostarse, el efecto se refuerza.
 

Metabolismo

La pregunta que surge es si hay base real para este efecto protector o si se trata de una mera asociación estadística.  Algunos estudios sugieren que la adaptación de las dietas al cronotipo particular de cada individuo puede favorecer, o por el contrario, entorpecer su nivel de actividad. La causa, en términos coloquiales, tiene que ver con la pesadez de la digestión, es decir, con cómo metabolizamos los alimentos ingeridos y el tiempo que tardamos. La cultura popular nos recuerda que las digestiones pesadas se asocian con dificultades para conciliar el sueño o con dormir plácidamente.

“El organismo no está preparado para comer de noche, de ahí que cueste más metabolizar los alimentos”, considera Kogevinas. Cenar en horarios extremos, pues, altera nuestro metabolismo. Hacerlo demasiado pronto, por otro lado, tampoco sería una buena solución si antes de acostarnos nos tomamos un complemento, puesto que se reactivaría de nuevo el sistema digestivo  en contra de lo que nos marca el ritmos circadiano.

Sea como fuere, y establecida la relación estadística y su correspondencia con los cronotipos y formas de cáncer en las que la respuesta metabólica influye  en su desarrollo, considerar el ritmo circadiano como factor preventivo en forma de hábito saludable no estaría de más.

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