Cuando perder los kilos de más lleva a un trastorno

Los pediatras alertan de que una mala gestión del sobrepeso o de la obesidad en niños y adolescentes puede desencadenar trastornos alimentarios
obesidad y sobrepeso

Las tasas de obesidad infantil y en adolescentes siguen siendo totalmente disparatadas. Según datos oficiales de los Institutos Nacionales de Salud (NIH), en Estados Unidos, entre los jóvenes de 12 a 19 años el sobrepeso y la obesidad alcanzan el 34% de los casos. España, pese a ser uno de los países abanderados de la dieta mediterránea, no escapa a la rotundidad de estos mismos datos. Se estima que al menos uno de cada cinco niños y adolescentes son obesos La diferencia con Estados Unidos es que la mayor prevalencia de casos se da ahí entre la población afroamericana.

Aunque las causas son de sobras conocidas y nadie duda de que estamos asistiendo una verdadera epidemia, algunos de sus efectos siguen sorprendiendo a los profesionales médico-sanitarios. Los más conocidos son el mayor riesgo de desarrollar diabetes o enfermedades cardiovasculares, pero poco se sabe todavía de la respuesta de los adolescentes con sobrepeso a la presión familiar y del entorno. En definitiva, de la respuesta a la presión social y sus consecuencias.

Los cánones de belleza, y desde hace relativamente poco tiempo, los estándares de salud, están condicionando el comportamiento de los jóvenes adolescentes. El primero de los factores es conocido; el segundo lleva apenas un decenio manifestándose y se basa en la creencia, en ocasiones errónea, de que una buena salud exige estar delgado. Influenciados de nuevo por campañas publicitarias y nuevos productos alimentarios que prometen salud, los adolescentes y sus familiares combaten su sobrepeso o su obesidad a partir de eslóganes que poco o nada tienen que ver con lo que pregonan.

Estados saludables

Un estado saludable, describe la Academia Americana de Pediatría, es aquel que se rige por unos hábitos y estilos de vida que no solo no comprometen la salud sino que la promueven. Es lo que conocemos como mantener unos niveles regulares de ejercicio físico, una dieta adecuada, evitar la vida sedentaria y eliminar factores de riesgo, algo más que recomendable a medida de que sumamos años.

Pero nada de eso tiene que ver con estar delgado a toda costa, superactivo, musculado y pendiente cada instante de mantener un peso y una imagen estereotipadas. De acuerdo con la AAP, muchos adolescentes confunden el significado de “comer sano”, lo que les lleva a saltarse alguna de las comidas del día o a seguir “dietas de moda”, lo cual puede derivar en un trastorno alimentario. Y de ese trastorno, sin existir previamente sobrepeso, pasar directamente a la obesidad.

El problema es importante. La mayor parte de estudios al respecto vinculan la obesidad en edades tempranas con la obesidad en la fase adulta, es decir, que si un niño padece un sobrepeso importante, las posibilidades de ser obeso cuando sea adulto son mucho mayores.

Las consecuencias son conocidas: hipertensión, olesterol, hígado graso, cálculos biliares, reflujo gastroesofágico, ovario poliquístico, apnea, asma y problemas articulares y óseos, aumentan significativamente en adultos obesos que ya lo han sido de niños o adolescentes. A ello habría que añadir el mayor riesgo de desarrollar diabetes, enfermedades cardiovasculares y metabólicas en general.

Problemas psicológicos

Lo que resulta más novedoso en el estudio de la AAP es la reflexión que introduce acerca de que ocurre cuando las dietas o los intentos de mantener el peso a toda costa fracasan. Pero no en el plano físico, que es el más reconocible, sino a nivel de salud mental. La asociación de pediatras estadounidenses se refieren a morbilidad psicosocial, baja autoestima y pobre calidad de vida como factores de riesgo asociados.

Anorexia y bulimia están cada vez más relacionadas con sobrepeso y obesidad, de forma que pueden ser la respuesta que ofrecen sobre todo adolescentes cuando quieren controlar su peso. Se empieza con un “querer comer sano”, relata el documento de la AAP, y se termina con una absoluta pérdida de control, lo cual acrecienta la frustración, el sentimiento de fracaso y la pérdida de autoestima.

El proceso, iniciado de forma voluntaria o inducido por presión de padres y amigos, además de la influencia que se recibe constantemente de los mensajes publicitarios, suele iniciarse con una reducción calórica en la dieta para progresar a la eliminación de ingesta (saltarse comidas) o incluso entrar en periodos prolongados de inanición. Una comida al día, por ejemplo. Muchos adolescentes complementan esta conducta con una cierta obsesión por el ejercicio, que tiende a aumentar en estos periodos. De aquí a las píldoras para adelgazar, laxantes o inducirse el vómito, va un paso, advierte la AAP.

La peligrosa confusión

En un mundo de estereotipos es fácil sentirse confundido. Y más cuando el entorno lanza mil y un mensajes y uno carece de la experiencia y el criterio adecuados. El viejo dicho de la abuela que consideraba sanos aquellos niños entrados en carnes y enfermos a los delgaditos, hoy ya no es válido. Al contrario. Pero en la sociedad occidental de hoy día se confunden términos y la poca educación alimentaria hace el resto.

Exceso de grasas y azúcares, sumado a una legislación laxa y a la influencia de la industria alimentaria, ha provocado que muchos niños, a los que alimentan sus padres, tengan sobrepeso u obesidad. En Estados Unidos, por supuesto, donde ambas condiciones guardan relación con el nivel educativo y el poder adquisitivo de las familias. Pero también en España, donde los números de sobrepeso infantil son equivalentes a los del otro lado del océano.

Si existe confusión en cuanto a qué dieta es aconsejable para niños y adolescentes, más aún la hay con respecto a cómo controlar esos kilos de más. A las dietas poco equilibradas o a las píldoras, los psicólogos y psiquiatras pediátricos unen de un tiempo para esta parte signos de depresión y baja autoestima. El adolescente, sobre todo, fracasa en su intento de adelgazar y también en los métodos compensatorios que intenta. Abre así las puertas a trastornos alimentarios graves de carácter obsesivo que escapan a la comprensión de padres y docentes.

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