Comer en la playa, una práctica de riesgo

La escasa higiene en la manipulación de alimentos, la deficiente refrigeración y la falta de garantías, comprometen nuestra salud cuando comememos en la playa

Con el verano, aunque cada vez menos, llegan las vacaciones. Con ellas, nos relajamos en prácticamente todo, incluida la alimentación. Solemos comer algo más, beber algo más y, de un modo que nos pasa a menudo por alto, de forma más insegura. Es curioso, puesto que mientras durante el resto del año solemos controlar las fechas de caducidad de los alimentos, la higiene de los establecimientos donde los compramos o dónde comemos, al llegar el verano nos conformamos con cualquier sitio o dejamos de prestar atención a las condiciones del establecimiento.  Un claro ejemplo de ello se ve en el consumo de bebidas o comidas en la playa, sin ningún tipo de control, poniendo en riesgo nuestra salud.

Y es que todos hemos experimentado, alguna vez, el miedo a comer algún alimento, creyendo que podemos enfermar al consumirlo. Es muy común en las grandes crisis alimentarias, como la de las vacas locas o la gripe aviar. Sin embargo, cuando no hay crisis, ni catástrofes, nos sentimos seguros y tendemos a pensar que todo está permitido, puesto que “alguien” lo debe controlar.

Desde un punto de vista alimentario, es frecuente que en las casas se almacenen grandes cantidades de alimentos refrigerados y congelados. Normalmente el frío se aplica para aumentar la vida de nuestros alimentos o comidas domésticas preparadas y para consumir alimentos que habitualmente consumimos fríos. Pero, ¿qué pasa cuando no hay frío y los que nos venden los productos que consumimos, ni siquiera están autorizados para ello? Pues que ponemos en riesgo nuestra salud de forma innecesaria.

Comer en la playa

Un alimento refrigerado debería mantenerse por debajo de los 6ºC, lo que no siempre es fácil, incluso en condiciones normales. El número de veces que abramos la puerta de un frigorífico y la temperatura de la zona en la que está instalado a menudo alteran la temperatura interna. Nos olvidamos, sin embargo, que cuando no hay electricidad, como es el caso de los vendedores de la playa, que como mucho llevan una nevara para mantener el hielo, las bebidas y la comida se mantienen prácticamente ¡a temperatura ambiente!

En consecuencia, mantener los alimentos de forma segura es imposible, puesto que aumentan mucho su temperatura. Si en algún momento han estado refrigerados, se puede dar un tiempo de adaptación de los microorganismos al alimento (alrededor de una hora), en caso contrario, los microorganismos crecerán de forma exponencial, suponiendo un riesgo real para los consumidores. Por este motivo, vender bocadillos o sándwiches a temperatura ambiente está prohibido y es ilegal.

No obstante, este hecho no limita nuestra responsabilidad como consumidores. Debemos ser conscientes que comer seguro no sólo depende de los demás. Quizás es más cómodo, estando tumbados en la playa, consumir bebidas y comida que nos llegan directamente a nuestra tumbona o nuestra toalla, pero servidos por personas no acreditadas como manipuladores de alimentos, sin sistemas de frío, con una higiene deficiente y con la arena rodeándolo todo. Estos son los ingredientes para un problema de salud.

Alimentación segura

Comer en la playa puede ser perfectamente seguro. De hecho, hay multitud de chiringuitos que sirven comidas, aunque una normativa específica exigió sacarlos de la arena de la playa y colocarlos fuera, de manera que el acceso de servicios se haga directamente desde la calle, incluyendo el suministro de comida, bebida, agua, etc.

Evidentemente, la venta ambulante de alimentos en la playa es claramente ilegal. Quizás podría haber alguna solución imaginativa que garantizase las condiciones de seguridad, desde los propios chiringuitos o desde “food-trucks” homologados. Esto mantendría las condiciones de frío y permitiría un servicio relativamente rápido e higiénico.

En caso contrario, nos encontraremos una elevada contaminación microbiológica en los alimentos. Si sólo fuera por un número elevado de microorganismos, se modificaría el sabor o el olor del alimento, haciéndolo desagradable, aunque no necesariamente comprometería la salud del consumidor. No obstante, la presencia de microorganismos patógenos en verano, es más común. La rotura de la cadena de frío, junto con una manipulación deficiente, permite la presencia de microorganismos bien conocidos, como Escherichia coli, Campylobacter, Salmonella o Listeria monocytogenes. Las manos de los manipuladores y el entorno poco higiénico son los distribuidores, permitiendo que los errores se conviertan en un riesgo real.

El consumidor, la clave

De todos los factores que condicionan la seguridad del alimento final, una vez considerada la permanente rotura de la cadena de frío, son claves las personas que manipulan los alimentos. Este es un problema serio, puesto que un vendedor ambulante sin formación, que desconoce los principios básicos de la higiene, que no garantiza una correcta higiene de sus manos, ni de los materiales que utiliza, y que manipula alimentos, bebidas y hielo en la arena, no puede ser aceptable para este tipo de productos.

En este punto, el consumidor es clave, puesto que ha de ser consciente que la falta de higiene es inaceptable y que en ello le va su salud. El vendedor puede considerar que es una forma de ganarse la vida, pero no a expensas de la salud del que paga, aunque sea de una forma inconsciente.

Al mismo tiempo, es sorprendente la inacción de las autoridades locales. La competencia es de los ayuntamientos, de las diputaciones y de las comunidades autónomas. Es llamativo que no se exija algún tipo de formación a estas personas, ni que se cumpla una normativa mínima, ni siquiera que se cumpla con la legislación vigente.

Afortunadamente, muchos de los alimentos que se venden están envasados, lo que disminuye en cierta medida el riesgo. Pero por desgracia tendremos que esperar a que se produzca una crisis para que se tomen cartas en el asunto.

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