Comemos lo mismo en todas partes

Consumimos cada vez más calorías, proteínas y grasas de una lista cada vez más corta de cultivos, junto con la carne y los productos lácteos
monocultivos

No es una percepción sino una realidad cada vez más rotunda. Si los paisajes urbanos tienden a ser similares en todo el mundo, lo mismo ocurre con la comida: en cualquier rincón del planeta se tiende a dar con los mismo alimentos, que se obtienen y procesan de formas similares y que están extraídos de una lista cada vez más corta en cuanto a su variedad pero, por fortuna o no, cada vez más abundante en calidad. Por citar un solo ejemplo: cada vez hay más trigo pero, por el contrario, cada vez hay menor variedad de cereales.

¿Es eso una buena noticia? Desde el punto de vista de la accesibilidad a los alimentos y a los nutrientes básicos, probablemente lo sea en efecto. Si lo contemplamos desde la perspectiva de la diversidad, es una noticia pésima. No solo se pierden alimentos tradicionales, sino que también se echan a perder alternativas nutricionales y, sobre todo, autonomía en el manejo de recursos, un aspecto de singular importancia en los países en desarrollo.

La uniformización, que crece año a año, conlleva otras problemáticas. Un estudio reciente fechado por la FAO, la organización de Naciones Unidas dedicada a la alimentación, destacaba que cada vez mayores segmentos de la población mundial está consumiendo más calorías, proteínas y grasas a partir de una lista cada vez más corta de los cultivos mayoritarios, como el trigo, el maíz y la soja, junto con la carne y los productos lácteos.

Cara y cruz

Podría argumentarse que los alimentos citados constituyen hoy en día la base a través de la cual se están erradicando las grandes hambrunas que hasta tiempos bien recientes han asolado el planeta. Y en buena parte es cierto. Si sumamos el arroz, la patata, y otros ricos en calorías como el aceite de girasol y el aceite de palma, tendríamos lo más parecido al común denominador de una dieta mundial con la que las cifras de desnutrición, muy lejos aún de lo deseable, marcan un mínimo histórico. La tendencia es que esos números sigan cayendo pese a las proyecciones de aumento de la población mundial.

La homogeneización de las dietas se ha incrementado en su parecido en una tasa media del 36%, según un estudio sobre el suministro global de alimentos entre 1961 y 2009 liderado por investigadores del Centro Internacional de Agricultura Tropical de Colombia (CIAT).

Un segundo estudio, publicado en la revista PNAS con datos de la FAO, pone sobre la mesa  un aspecto que no pocos especialistas consideran preocupante. Si bien se admite que esta dieta base contribuye de forma notable a combatir el hambre en el mundo, la creciente dependencia de unos pocos cultivos puede favorecer que aumenten enfermedades hasta hace poco tiempo restringidas a los países desarrollados y que tienen en común la malnutrición por un lado y una pésima cultura alimentaria por otro. De forma general, la tendencia a la homogeneización de las dietas se entiende como uno de los principales factores de riesgo de la actual pandemia de obesidad, enfermedades cardiocirculatorias y diabetes a escala mundial. Son las llamadas enfermedades asociadas a asociadas, paradójicamente, a la sobreabundancia.

La contrapartida es que según aumente la población y la presión sobre el sistema alimentario global, también lo hará la dependencia de los cultivos, que tienden a ser monocultivos, mundiales y de los sistemas de producción. Según el estudio citado, los cambios detectados en esa dieta uniforme dependen a su vez de intereses económicos “poderosos” que se podrían traducir en “dependencia de unas pocas empresas de alcance mundial”. Son esos mismos intereses los que, advierten los expertos, los que han facilitado el acceso de los consumidores de países en desarrollo a grandes cantidades de productos de origen animal, aceites y azúcares que antes no estaban a su alcance. Los mismos que se están combatiendo en los países desarrollados por estar en el origen de la obesidad, diabetes y enfermedades cardiocirculatorias.

Riesgo de fracaso

Poner todos los huevos en el mismo cesto, como es bien sabido, conlleva un alto riesgo de fracaso. Podría ocurrir con los arrozales, por ejemplo, cuya extensión a todos los puntos cultivables en deltas y zonas inundables de ríos, está implicando graves problemas de salinización, concentración de arsénico  pérdida de fertilidad debido a la interposición de grandes presas que cortan el suministro de sedimentos ricos en materia orgánica. A ello habría que sumarle los efectos del cambio climático y una sobregeneración de metano, uno de los principales gases de efecto invernadero.

La sobreexplotación de terrenos agrícolas con monocultivos de trigo, soja o maíz es otro caso de riesgo, principalmente ambiental. Cierto es que las técnicas de cultivo, la mecanización, los regadíos y la fertilización han mejorado de forma más que notable en los últimos decenios. Pero nada indica que sea a un coste cero y que los cultivos puedan mantenerse en los actuales niveles de rendimiento de forma indefinida. A no ser que se recurra a nuevas tierras, lo cual implicaría la deforestación de los pulmones verdes del planeta.

Por otra parte, la urbanización en estos países ha fomentado un mayor consumo de alimentos procesados ​​y rápidos. Otros factores relacionados, como la liberalización del comercio, la mejora del transporte de mercancías, la presencia de grandes multinacionales de la alimentación y la estandarización de la seguridad alimentaria también han reforzado la tendencia a la homogeneización alimentaria.

Los investigadores proponen diversas acciones para mejorar la producción de alimentos, la nutrición y la seguridad alimentaria a escala global, como promover las variedades de los cultivos, mejorar su calidad nutricional y fomentar la información sobre los alimentos saludables entre los consumidores.

Mismos alimentos, mismos problemas

Si las dietas tienden a uniformizarse en todo el mundo, también lo hacen los problemas de seguridad alimentaria. Este es el caso, por ejemplo, de los cuatro principales agentes patógenos notificados con mayor frecuencia en la UE: Campylobacter, Salmonella spp., Escherichia coli enterohemorrágica (ECVT) y Listeria monocytogenes. Diversos estudios han verificado que se trata de los patógenos que se detectan con mayor frecuencia en alimentos decomisados en las aduanas, lo que significa que su extensión es igualmente global.

Lo mismo ocurre si se analiza la resistencia a antibióticos, especialmente para clindamicina y daptomicina, lo cual indicaría que los alimentos “viajeros” pueden albergar los genotipos más prevalentes de L. monocytogenes genotipos y los serotipos de Salmonella spp, responsables de brotes de origen alimentario en todo el mundo.

Visto así, podría concluirse que el transporte internacional de viajeros y alimentos puede desempeñar un papel importante en la prevalencia y la difusión de clones exitosos de bacterias patógenas transmitidas por los alimentos.

Distintos estudios advierten que la fuente potencial de agentes patógenos transmitidos por alimentos es cada vez mayor, ya que existen canales “olvidados” de transmisión (por ejemplo, rutas transfronterizas. Como resultado, la comercialización de alimentos que no han pasado los controles adecuados constituye una ruta descuidada de transmisión de patógenos de origen alimentario.

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