Atención a las píldoras de placenta

Un informe médico alerta que tomar píldoras elaboradas a partir de placenta no reúne garantías de seguridad alimentaria

“No es una buena idea”. Con esta rotundidad resume un extenso artículo publicado en la revista American Journal of Obstetrics and Ginecolgy la práctica de la llamada placentofagia humana. O, lo que viene a ser lo mismo, consumir, en cualquiera de las formas posibles, algún tipo de preparado a partir de placentas humanas. El artículo, que responde a la fórmula de revisión científica, desaconseja su consumo por carecer de garantías de seguridad alimentaria.

No existen cifras ni estadísticas fiables sobre si la placentofagia es un fenómeno extendido socialmente o hasta qué medida. Pero sí existe la percepción de que algo se está moviendo a favor de su promoción y comercialización. Hasta la fecha, la ingesta de la propia placenta tras dar a luz se consideraba un acto anecdótico y poco frecuente, asociado siempre a tendencias muy concretas del pensamiento naturalista.

Pero esa tendencia parce haber crecido. Y a la par, han proliferado empresas, de mayor o menor tamaño, cuya actividad comercial no es otra que elaborar preparados en forma de píldoras, infusiones u otras fórmulas a partir de placentas humanas. El ejemplo más llamativo, y más potente mediáticamente, es el de Kim Kardashian y su hermana, que no solo dan publicidad a la ingesta de sus propias placentas, sino que han impulsado una compañía con el objetivo de tratar y elaborar distintos preparados de placenta.

Órgano desechable

Comerse la placenta es un acto común en el mundo animal, obviamente entre los mamíferos. Como es sabido, la placenta es un órgano que crece a la par que el feto. Su función es, precisamente, contribuir a su nutrición, pero también dar cabida a los desechos que el propio feto va generando durante su desarrollo intrauterino.

En el momento de dar a luz, la madre expulsa feto y placenta. Entre los animales, lo común es que la madre limpie su cría y, de forma cuasi instintiva, se coma su propia placenta. En determinadas culturas humanas, esa práctica también existía.

Hoy la práctica ha resurgido de la mano de la cultura naturista. El interés creciente por los productos de origen natural, la defensa de dietas alimentarias que abominan del consumo de alimentos procesados o ultraprocesados, o la cada vez mayor tendencia a prescindir de soluciones artificiosas que gobiernen sus vidas, han influido, según los expertos, al auge de la placentofagia.

Cuestiones de seguridad

Más allá de las motivaciones, el artículo recién publicado, se centra en si la práctica de placentofagia reúne suficientes garantías de seguridad. En este sentido, los investigadores lamentan la práctica inexistencia de estudios científicos sólidos sobre los beneficios de la ingesta de placentas. En la misma línea, en su trabajo de revisión de literatura científica alertan de la gran proliferación, especialmente a través de las redes sociales, de “literatura pseudocientífica”, supuestos estudios sin los debidos avales académicos e incluso una suerte de “fake news” que dan por ciertos hechos que en absoluto lo son, dicen los investigadores.

La principal cuestión, sin embargo, es su respuesta sobre los aspectos relativos a la seguridad. De las propias placentas, de una parte, y de los procesos de elaboración de los distintos preparados que se comercializan, de la otra.

Sobre el primer aspecto, los científicos recuerdan que la placenta, por su propia naturaleza, recoge los desechos que se van generando durante la gestación. De esos desechos, una parte, advierten, son nocivos y otra claramente tóxicos. Aunque sea a título anecdótico, los investigadores recuerdan que se han dado casos de intoxicaciones e, incluso, se ha reconocido una muerte debida al consumo de píldoras de placenta. En este caso, que saltó a los medios de comunicación recientemente por su impacto médico y jurídico, se reconoció ante los tribunales que un lote de píldoras estaban contaminadas. Y que la contaminación tenía su origen en una grave enfermedad sanguínea que padecía la madre donante de la placenta que no fue tenida en cuenta al preparar el compuesto.

Falta de control

Precisamente, esta falta de control centra el último gran paquete de críticas de los expertos. Argumentan que, en general, no hay controles analíticos de ningún tipo sobre la placenta, la materia prima. La ausencia de control, aseguran, no puede justificarse solo por el estado de salud de la donante, sino que debe obedecer a la presencia real de tóxicos acumulados.

En el mismo sentido, si el proceso de transformación es artesanal, por ejemplo, desecación de la placenta para transformarla en infusiones, no está asegurado ni el proceso en si mismo ni el producto final. En cuanto a la elaboración “industrial”, los expertos tampoco advierten ni certificaciones de calidad ni mucho menos de seguridad alimentaria.

Respecto a los beneficios atribuidos a las píldoras de placenta, los expertos lamentan igualmente la falta de estudios científicos que lo corroboren. Y sobre el argumento de que los humanos, como mamíferos que somos, deberíamos recibir los mismos beneficios que otras muchas especies animales, la respuesta es rotunda: la respuesta inmunológica y la capacidad del sistema digestivo de los humanos, como fruto de la evolución, difiere sustancialmente del resto de mamíferos.

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