Alimentos de laboratorio

Numerosas iniciativas plantean la obtención de nutrientes esenciales a partir de su conceptualización en laboratorios y su posterior producción industrial
alimentos de laboratorio

La idea viene de antiguo y el tiempo no hace más que corroborarla. En un futuro quizás más cercano de lo que imaginamos, muchos de los problema asociados a la alimentación podrían solucionarse a través de los departamentos de I+D industriales. Forzando la imaginación, lo que hoy son extensos campos de cultivo o inmensas explotaciones ganaderas, podrían verse sustituidos por plantas industriales de las que salieran, ya correctamente empaquetados, los alimentos de nuestra dieta diaria.

¿Es realmente necesario alcanzar semejante nivel de sofisticación para conseguir el alimento nuestro de cada día? ¿Merece la pena realmente invertir cuantiosas sumas de dinero para conseguirlo? Valga o no la pena, hay quien ya lo está haciendo a nivel de laboratorio. Carne, café o cacao están ahora mismo, aunque por razones distintas, preparando el terreno. Cuestiones ambientales, éticas y de necesidad, aunque también de interés económico, detrás de este empuje.

Si se siguen los pasos previstos, los expertos sostienen que, en el momento actual, mucho del trabajo pendiente tiene más que ver con el desarrollo tecnológico, o biotecnológico en algunos casos, que con la conceptualización. Los compuestos esenciales de cualquier alimento, o mejor aún, los que precisa el cuerpo humano para nutrirse, ya pueden identificarse, sintetizarse en el laboratorio y reproducirse a través de algún producto comestible. Pasar de aquí a la escala industrial sería el gran reto.

Motivaciones

Las necesidades alimentarias futuras son el gran argumento, aunque no el único, para quienes propugnan soluciones nutricionales de laboratorio. Las previsiones mayormente aceptadas en todo el mundo, como las elaboradas por Naciones Unidas o el Banco Mundial, sitúan en 7.500 millones de personas las que habitan el planeta. Para el año 2050, estas mismas previsiones elevan la cifra hasta los 9.500 millones de personas. Lo deseable es que todas puedan comer.

Para que efectivamente sea así se barajan múltiples soluciones. Las más socorridas son las que prevén buscar fórmulas para aumentar la productividad de cultivos y explotaciones ganaderas. Los llamados supercultivos, basados en una selección extrema de semillas para generar un mayor número de vegetales en menos tiempo y con menor consumo de agua y energía, es hoy por hoy el camino escogido. Nuevas técnicas de edición genética, como CRISPR, prometen voltear por completo el concepto de vegetales transgénicos. Y la reformulación de huertos urbanos, en un mundo en el que la población mundial se concentrará aun más en las grandes ciudades, se espera que pueda ser un buen complemento.

La pregunta que se formulan los expertos es si serán cambios suficientes. Son muchos ya los que darían esta opción por buena si se replanteasen los modelos actuales de producción agrícola y las políticas agrarias imperantes, que generan superproducción en algunos puntos del planeta, pero pobreza absoluta en otras.

Un argumentario parecido se aplica  las grandes explotaciones ganaderas y de aves de corral, hoy aquejadas de problemas tan graves como un gasto energético enorme, grandes consumos de agua y el uso de productos sanitarios, en especial antibióticos y hormonas del crecimiento, que merman su calidad y sobre todo su seguridad. Los animales superproductores, logrados por ingeniería genética, siguen siendo una quimera a escala industrial. Y no solucionan los costes ambientales.

Justamente éstos, los ambientales, conforman el segundo gran punto del argumentario. Si no se hace nada para remediarlo, los efectos del proceso de cambio climático que estamos experimentando se dejarán notar en los cultivos. El aumento de un grado centígrado de media, que es lo que se prevé para el año 2030, la producción mundial de cacao va a experimentar un fuerte declive, según el Centro Internacional de Agricultura Tropical, dependiente de la FAO. Algo parecido podría ocurrir con el café y, por extensión, con muchos de los cultivos de origen tropical, que se verían forzados a ser explotados en terrenos a mayor altitud o, directamente, ser desplazados a otras áreas del planeta.

El laboratorio

La correcta proporción entre grasas, azúcar y agua, nos lleva hoy en día a la producción masiva de cientos de productos de bollería industrial. ¿Qué ocurriría si a estos productos se les redefinieran las proporciones y se les añadieran compuestos saludables al estilo de lo que ya se está haciendo con los alimentos funcionales? Para algunos expertos sería lo más similar a la actual bollería, pero sin sus efectos secundarios indeseados. Pastelitos o galletas de alto poder nutritivo y con la carga precisa de azúcares y grasas, vienen a decir.

Algunos experimentos se han hecho ya en este sentido, del mismo modo en que se trabaja en el futuro chocolate sin cacao o se avanza en las condiciones necesarias para la carne sintética, que hoy ya crece en laboratorios de distintos países aunque a precios desorbitados.

Zumos enriquecidos cuya base es el agua y una nueva generación de aditivos alimentarios en los que se mezclan aromas y valor nutricional, podrían completar una dieta diaria de laboratorio. Para los vegetales todavía no hay nada resuelto, pero está cada vez más claro que la suma de ingredientes de síntesis podría dar lugar a comida segura y saludable. Aunque se asemeje más a los mejunjes de astronautas que a los platos de la Tierra.

Una secuencia imposible, o no

En la Universidad de Antioquía, en Colombia, su departamento de Biotecnología se ha puesto en marcha con un objetivo muy concreto: la síntesis de cacao en laboratorio para la elaboración de chocolate. ¿Imposible? Por lo que cuentan en público, nada más lejos de la realidad.

En esencia, lo que pretenden sus investigadores es aislar células de las semillas de la planta del cacao para hacerlas crecer en condiciones de laboratorio con todos los minerales y nutrientes esenciales. Si estos “extractos” de semilla crecen adecuadamente, el paso posterior del producto generado se somete a la acción de un biorreactor donde se extraen los compuestos necesarios para la fabricación de chocolate.

La verdad, como admiten los propios científicos, es que el producto final ni sabe a chocolate ni tiene su textura, pero sí sus compuestos característicos y en las mismas proporciones. La adición de aromas y saborizantes podrían hacer el resto, pero los investigadores colombianos confían en que la adición de taumatina, un edulcorante natural bajo en calorías, así como someter a fermentación el producto de laboratorio, obren el milagro. Si lo consiguen, será el primer chocolate de laboratorio en el mundo.

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