15 años del Prestige

El mayor desastre ecológico sufrido en costas españolas tuvo efectos negativos sobre la biodiversidad y afectó la producción de marisco de la zona

Sería difícil, para cualquiera que no sea experto en la materia, detectar hoy en Galicia restos del naufragio del Prestige, el buque petrolero que en noviembre de 2002, hace justamente 15 años, se hundió en el mar gallego no sin antes verter miles de toneladas de crudo. Para la gran mayoría, hoy solo queda el recuerdo. Pero si descendiéramos al fondo, es probable que supiéramos ver  algo de lo que pasó. Transcurrido el tiempo, los expertos opinan que la biodiversidad de la zona aún no se ha recuperado al completo. Como con los grandes incendios, se necesitan al menos de 20 a 30 años para que se recupere el paisaje original. Aún no han transcurrido.

La limpieza del chapapote vertido, entre 25.000 y 30.000 toneladas según la fuente, movilizó a miles de voluntarios; y el alcance la marea negra se estima en unos 1.700 kilómetros de costa, desde la desembocadura del Miño hasta las Landas francesas.

El elevado coste económico y ambiental del desastre del Prestige, junto con la práctica exoneración de responsabilidades, acabó por realzar la sensación de impunidad con la que se saldó aquel negro episodio. En un comunicado difundido por los ayuntamientos franceses afectados se llegó a denunciar la consagración del “permiso para contaminar al dar impunidad total a armadores, fletadores, compañías petroleras, barcos con bandera de conveniencia y aseguradoras”.

El coste económico

Según diversas estimaciones, el coste de la limpieza y posterior sellado del buque, hundido a prácticamente 250 kilómetros de la costa gallega, supuso un desembolso de 12.000 millones de dólares, casi 9.000 millones de euros.

Una parte sustancial de este coste corresponde a las tareas de limpieza de la marea negra en la costa, pero la parte del pastel se la llevaron las operaciones de extracción de crudo y el posterior sellado. Mediante el denominado sistema de “extracción por gravedad”, se consiguieron extraer unos 15.000 metros cúbicos de fuel que, incluso, pudieron colocarse en el mercado de hidrocarburos. Se sacaron algo más de dos millones de euros con un coste cercano a los 100 millones de euros. Fue en diciembre de 2003. Un año más tarde, Repsol-YPF repetiría la operación logrando sacar unas 14.000 toneladas que igualmente se transfirieron al mercado internacional.

Se desconoce exactamente qué cantidad de crudo queda en el Prestige. Las versiones más optimistas apuntan a unas mil toneladas aunque la cifra podría ser sensiblemente superior. Su eliminación es por biodegradación bacteriana, un proceso que tardará aún una decena de años en lograr su objetivo.

El coste ambiental

Los costes ambientales son difíciles de cuantificar, aunque hay indicadores claros del impacto sobre flora y fauna marinas, así como sobre la industria pesquera de la zona. Por comparación con los accidentes del Exxon Valdez, en las costas de Alaska, y del Metula en el Estrecho de Magallanes, en ambos casos con más de 50.000 toneladas de crudo vertido, se sabe que la recuperación de las áreas afectadas puede prolongarse entre 25 y 30 años.

La rápida actuación de limpieza en Alaska minimizó extraordinariamente los daños ambientales, pero no fue este el caso del Metula. Todavía hoy es posible encontrar restos de la marea negra, especialmente en forma de capa asfáltica (agregado de crudo de alta densidad y viscosidad y arena y rocas que se depositan en el fondo), el principal problema en accidentes de este tipo.

En el caso del Prestige hubo condiciones hasta cierto punto favorables. Tras un vertido accidental, una parte del crudo se evapora (puede llegar a ser hasta el 50% del total en el caso de hidrocarburos ligeros). Ocurrió con el Prestige, aunque en una proporción menor. Por otro lado, al haber alejado al pecio de las costas, se facilitó este fenómeno y se limitó su impacto en la costa.

No obstante, llegó. Se estima que la principal afectación cubrió unos 500 kilómetros de costa, una parte sustancial de la misma con una gran riqueza pesquera y sobre todo marisquera. El mayor riesgo ambiental era, de nuevo, la formación de capas asfálticas, favorecidas en este caso por el tipo de fuel vertido. La masiva afluencia de voluntarios rebajó un riesgo que, al menos en los primeros meses, se dejó notar en la economía de la zona. No hay cálculos conocidos de cuánto se perdió por el vertido. Pero es fácil imaginar la pérdida de al menos un par de campañas marisqueras y pesqueras.

Sin efectos para la salud

Paradójicamente, el vertido no causó problemas de salud, más allá de intoxicaciones puntuales, ni de seguridad alimentaria. Estudios llevados a cabo por el CSIC concluían que a los seis meses ni el marisco ni el pescado de la zona superaban los límites recomendados de hidrocarburos poliaromáticos en su organismo, el principal riesgo sanitario.

Sí se observó una notable pérdida de biodiversidad y productividad provocada principalmente por la deposición gradual de las galletas de chapapote en el fondo. Es decir, por asfixia y aplastamiento. La erosión y la fuerza del oleaje, por otra parte, facilita la fragmentación de estos depósitos, por lo que la biodiversidad se recupera al poco tiempo. El total, no obstante, será similar al de las grandes catástrofes marinas. Esto es: la costa da Morte tardará aún 20 años en ser lo que era antes del hundimiento del Prestige.

Comentarios

Añade un comentario

Para comentar tienes que estar registrado.
Registrate o si ya eres usuario

Tendencias