¿Más o menos proteínas?

Un estudio advierte que la paleodieta, rica en proteínas y pobre en carbohidratos, puede causar graves problemas de salud a largo plazo
proteínas y carbohidratos

El mantra de una dieta saludable, aunque las modas apunten en dirección contraria, sigue siendo el equilibrio y la diversidad. Así se desprende de un estudio realizado en la universidad australiana de Sydney con un millar de ratones en el que se ha visto que las dietas bajas en proteínas y altas en carbohidratos aumentan los niveles de la hormona FGF21, segregada por el hígado y a la que se le atribuyen efectos protectores sobre el sistema inmunológico. Los resultados avalan la tesis contraria a la que defienden los impulsores de la paleodieta y sus variantes.

Como es conocido, las llamadas paleodietas se basan en el consumo de alimentos que abundaban en el Paleolítico, de ahí su nombre. En esencia, los derivados de las principales actividades de los humanos de ese periodo, básicamente cazadores y recolectores, lo que implica carne, pescado, frutas y verduras.

Sus defensores sostienen que los humanos han sido originalmente preparados para este tipo de dieta, por lo que tiene sentido seguir con ella. Olvidan, sin embargo, algo esencial. Los homínidos del Paleolítico, como los actuales, son fruto de la evolución, la cual ha jugado un papel esencial de carácter adaptativo a lo largo de millones de años favoreciendo tanto el desarrollo del cuerpo como el crecimiento del cerebro, además de unas expectativas de vida mucho mayores.

Disponibilidad

En efecto, durante el Paleolítico, los homínidos dependían de la caza, la pesca y la recolección de frutos. Eso no significa que comieran carne y pescado a diario, sino cuando les era posible dar con una pieza por la que competían animales de mayor tamaño y mucho mejor adaptados a las sabanas que los propios homínidos. Esta misma razón, según se ha podido constatar en distintos estudios, les obligaba a ser carroñeros y a largos periodos de ayuno. Este último factor, el ayuno, es justamente la base de otro tipo de dieta basada en la restricción drástica de calorías durante algunos días de la semana.

Deberían pasar todavía algunos miles de años para que los primitivos grupos nómadas de homínidos formaran asentamientos más o menos estables y surgieran los primeros cultivos y los primeros rebaños, base primigenia de las dietas actuales en las que los carbohidratos, en mayor o menor proporción, complementan el aporte de proteínas y de grasas.

A la suma de los tres elementos básicos, proteínas, grasas y carbohidratos, se atribuyen cambios morfológicos relevantes. La ingesta de proteínas cárnicas, por ejemplo, se asocia preferentemente el crecimiento del cerebro en los últimos 10.000 a 20.000 años. Este crecimiento está directamente vinculado con la adquisición de nuevas capacidades y habilidades. Entre ellas, el pensamiento abstracto, los primeros desarrollos tecnológicos sistematizados, el habla o la consciencia.

A las grasas, por citar otro ejemplo, se les atribuye una mejor capacidad adaptativa frente a condiciones climáticas cambiantes, los cual resulta un factor positivo evolutivamente, además de ser un reservorio energético. Los hidratos, procedentes sobre todo del cultivo de grano y su transformación, complementan el equilibrio.

Este equilibrio se rompe históricamente por la escasa accesibilidad a determinados tipos de alimentos. Conocida es, por ejemplo, la tradicional escasez de carne en los países del sudeste asiático, lo que ha privado a su población históricamente de proteínas cárnicas. La soja, conocida también como la proteína de los pobres, ha sido el sustituto tradicional. Hoy es un producto universalizado debido a su valor nutricional.

Longevidad

Las dietas de las culturas orientales han recibido siempre una especial atención por la creencia popular de una mayor longevidad y una menor prevalencia de enfermedades asociadas a la vejez, en particular cáncer y demencias seniles. La creencia tiene algo de cierto y tiene que ver con el carácter insular de Japón, por ejemplo, o el aislamiento de zonas de montaña en esa parte del planeta.

El “efecto isla” ejerce efectivamente un efecto protector, pero la moneda tiene también su anverso: la biodiversidad es mucho menor, lo cual guarda relación directa con la accesibilidad a determinados tipos de alimentos. En particular, con respecto a la carne. ¿Significa eso que la ausencia regular de carne en la dieta es un factor de longevidad?

La respuesta, de acuerdo con todos los estudios disponibles, es rotundamente no. Lo que sí sucede es que el consumo de carne, como alerta la OMS, es excesivo. Y lo es también el de carne procesada, la cual ha acabado llegando a todos los rincones del mundo.

Más allá de si es o no sostenible el actual consumo de carne, tanto económica como medioambientalmente, el caso es que desde un punto de vista de salud pública todo apunta a que no es así. Y estudios como el de la hormona FGF21 no hacen otra cosa que corroborarlo. La reducción de la ingesta de proteínas combinada con una mayor de carbohidratos no solo mantiene el sistema inmunológico en mejores condiciones sino que parece aumentar las expectativas de vida y un menor desgaste en órganos como riñones e hígado.

 

 

 

 

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