¿Adiós al índice de masa corporal?

Algunos expertos sostienen que el exceso de grasa corporal es un método mucho mejor para prever problemas asociados a la obesidad

Está delgado, o a lo mejor tiene algo de barriga, pero difícilmente se le podría calificar de obeso y apenas de un ligero sobrepeso. Su índice de masa corporal es el que corresponde o admite una ligera desviación. A pesar de ello, algo no cuadra: una simple visita a su médico de cabecera basta para delatar una tensión muy por encima de lo normal, una analítica revela valores propios de alguien diabético y surgen sospechas de patología coronaria. ¿Dónde está el problema?

En ausencia de otras patologías que lleven a estos mismos síntomas, todos los valores concuerdan con un exceso de peso que, en apariencia, no existe y que se contradice a todas luces con su índice de masa corporal, índice de referencia internacional que asocia peso y altura en un valor numérico que indica cuán lejos estamos de la normalidad e informa de si estamos en zona de riesgo por exceso de peso.

Se trata de un valor hoy por hoy considerado tan fiable como universal. Pero, a tenor de lo publicado recientemente  en la revista Frontiers in Public Health, tal vez no sea ni lo uno ni lo otro. El trabajo, dirigido por investigadores de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda) en colaboración con científicos de San Diego (California), sugiere que el IMC no es en absoluto concluyente. En cambio, apuesta por medir el exceso de grasa corporal como método más efectivo. Y, sobre todo, fiable.

Más allá del abdomen

El volumen de masa corporal es un parámetro bien establecido desde hace años. Al hablar de sobrepeso u obesidad, sin embrago, la tendencia generalizada es referirse a las llamadas “grasas blancas”, que se acumulan por lo general en el abdomen dando lugar a las barrigas que se combaten al querer perder peso. Formadas por los adipocitos blancos, se entiende que estas grasas actúan como una reserva energética para el organismo. En términos generales, se trata de grasa subcutánea, justo debajo de la piel.

Pero no son, ni mucho menos, el único tipo de grasas presentes en el cuerpo de cualquier persona. Están las viscerales, que se acumulan alrededor de vísceras como el hígado, los riñones, el corazón o los intestinos y cuya presencia en exceso puede generar resistencia a la insulina. También están las llamadas grasas esenciales, que se distribuyen por todo el cuerpo, incluyendo membranas nerviosas y médula ósea. Se considera que estas grasas contribuyen a regular la temperatura corporal, la absorción de vitaminas, la estructura celular y algunas hormonas, como las de la fertilidad.

Por último, la grasa parda o marrón quema energía en lugar de almacenarla. Su su color se debe a que las mitocondrias queman ácidos grasos para generar calor y mantener el cuerpo en una temperatura estable. Los bebés tienen más grasa marrón, pero se va perdiendo a medida que crecemos. De hecho, hasta el año 2009 no se descubrió su presencia en personas adultas. A mayor sobrepeso, menos grasa parda y más grasa blanca.

La combinación de los diferentes tipos de grasa es la que determina la grasa corporal total. En un cuerpo saludable se estima que los niveles ideales se sitúan entre el 15 y el 20% de grasa respecto del peso total. Por encima del 30%, los expertos hablan de sobrepeso, teniendo en cuenta, eso sí, que su presencia no se localiza exclusivamente en el abdomen.

Los resultados

El artículo publicado sugiere que en los países desarrollados el porcentaje de grasa corporal acumulada que puede llevar a patologías más o menos severas asciende ni más ni menos que hasta el 90% en el caso de los hombres y al 80% de las mujeres. En la población infantil, el exceso de grasa alcanzaría el 50%.

Una parte sustancial de todos los casos que los autores proponen como “problemáticos” habrían pasado por sanos con sistemas de medición estándares. Algunos estudios plantean que el volumen de casos que se habrían obviado, y por tanto, excluidos de seguimiento o de análisis más exhaustivos, podría superar el 50%. Dicho de otro modo, una de cada dos personas dadas por sanas en realidad estarían en riesgo de desarrollar patologías asociadas habitualmente al sobrepeso o la obesidad como diabetes o enfermedades cardiocirculatorias.

Cambio de foco

Si las apreciaciones de los científicos neozelandeses acaban confirmándose, algunos de los parámetros asentados en los sistemas de salud públicos de todo el mundo deberán revisarse. De manera muy particular, como se clasifica a quien tiene sobrepeso, a quien se le atribuye obesidad y, sobre todo, como encarar medidas preventivas capaces de ralentizar o paliar la pandemia de obesidad que se registra en todo el mundo.

Desde un punto de vista epidemiológico y de salud pública, atender y sobre todo confirmar los estudios de los científicos de Auckland resulta poco menos que inevitable. Hay que tener en cuenta que su estudio no es el único que arroja este tipo de resultados y que desde hace varios años se vienen relacionando los distintos tipos de grasas con problemas propios de la obesidad. Además de la obvia grasa subcutánea, son las grasas viscerales las que más han llamado la atención por su vinculación con episodios coronarios.

Entre otras cuestiones, lo que ponen en duda este tipo de resultados es quien está sano o no y quien está en mayor riesgo de desarrollar patologías graves, con el impacto que ello conlleva. Por el momento, tal y como sugieren los investigadores, tal vez baste con incorporar nuevos parámetros de medida de la grasa corporal total  y verificar hasta qué punto nos estamos desviando de la medida estándar convencional. Tal vez entonces llegue el momento en el que el IMC deje de ser tan universal como presumíamos.

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