Ni tan malos ni tan artificiales

Los edulcorantes son la alternativa al azúcar tanto en la industria alimentaria como en su consumo doméstico

En los últimos 60 años el consumo de azúcar en el mundo occidental se ha triplicado y con él han aumentado de forma alarmante los casos de obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares. Mientras, el consumo de grasas, aunque también se ha expandido, lo ha hecho en un grado muchísimo menor.

Las implicaciones negativas del acelerado consumo de azúcar  de los últimos años ha despertado en la sociedad lo que podríamos llamar “moda anti azúcar” que se está traduciendo en forma de campañas públicas preventivas, la aplicación de impuestos para aumentar el precio de las bebidas azucaradas, campañas de publicidad en alimentos con etiquetados en forma de “cero contenido” de azúcares y mil y un artículos, con base científica o no, que nos advierten de los riesgos de un consumo excesivo.

De acuerdo con estimaciones publicadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), el consumo de azúcar en España está entre los más altos de Europa, alcanzando el 16% de las calorías que ingerimos cada día. La OMS  recomienda limitar el consumo de azúcar a menos del 5%. Los españoles tomamos de media 90 gramos de azúcar al día, aunque aún no llegamos a los 160 gramos de EEUU.

Los bulos de los edulcorantes artificiales

Los edulcorantes artificiales son, hoy por hoy, la alternativa al azúcar. Por lo general, se trata de “sustancias acalóricas”, algunas de origen natural mientras que otras surgen de procesos industriales para los que se han verificado tanto su inocuidad como su falta de toxicidad si se toman en las dosis adecuadas. Al menos, aparentemente.

Todas ella comparten el hecho de que han sido introducidas en nuestra alimentación de forma relativamente reciente. Justamente por este motivo, no es posible disponer de estudios sobre sus efectos sobre la salud a largo plazo, motivo por el que a lo largo de estos últimos años se han publicado informaciones alarmantes sobre estas sustancias, incluso relacionándolas con la aparición de distinta formas de cáncer.

No obstante, la revisión de cientos de estudios realizados con edulcorantes, incluidos los que avalan el riesgo del cáncer, ha dado como resultado que estos edulcorantes no muestran evidencias científicas de que causen cáncer o que presenten cualquier otra amenaza para la salud. Los efectos negativos observados, de acuerdo con las revisiones científicas, solo se dan por el momento en modelos de estudio animales en muestras pequeñas, dosis muy altas, y resultados poco significativos o mínimamente significativos estadísticamente. Lo observado en animales no se ha podido verificar en humanos.

A largo plazo, el consumo diario de edulcorantes continúa siendo objeto de investigación médica en todo el mundo. De hecho, tanto la OMS como la FAO, basándose en diferentes estudios, avalan los beneficios de algunos edulcorantes para determinados grupos de población.

¿Qué son los edulcorantes?

Los edulcorantes son substancias capaces de endulzar un alimento o una bebida sin aportar calorías, ni nutrientes al organismo, constituyendo uno de los grupos más importantes de los aditivos alimentarios, hecho que supone un riguroso análisis por parte de comités de expertos científicos nacionales e internacionales.

Cada uno de los aditivos permitidos tienen asignado un número INS (Internacional Numbering System) de tres dígitos que indica que ese producto ha sido evaluado por el JECFA y ha sido aprobado. A partir de aquí se establece la IDA (Ingestión Diaria Admisible) y los niveles máximos en que pueden ser empleados los aditivos.

El creciente consumo de los edulcorantes artificiales por ser la alternativa al azúcar en alimentos como las bebidas bajas en calorías, yogures, dulces, cereales y otros muchos, hacen que no se deje de investigar en las posibles combinaciones entre ellos para conseguir un sabor lo más parecido al del azúcar. Entre otras razones, porque algunos de ellos presentan ciertos regustos amargos o a metal, pero combinándolos entre ellos se consiguen sabores más cercanos al azúcar común.

No tan artificiales

Los edulcorantes artificiales en realidad no lo son tanto. Veamos el caso de los más habituales: el xilitol es la reducción de la xilosa, el sorbitol se encuentra en la fruta y las algas rojas, la sucralosa se extrae del azúcar, el aspartamo se obtiene por fermentación mediante levaduras o bacterias. Otros productos como la sacarina o el acesulfamo K se producen a través de simples reacciones químicas de síntesis y los glicósidos de esteviol provienen de la estevia.

Los edulcorantes artificiales más antiguos se remontan a 1879, cuando la sacarina se sintetizó por primera vez, aunque comenzó a popularizarse durante la I Guerra Mundial a causa de la escasez del azúcar. El que le sigue es el aspartamo. Descubierto en 1965, es muy utilizado como edulcorante en bebidas light.

De todos, el aspartamo tal vez sea el que más críticas y polémicas ha suscitado. Sin embargo, la única advertencia que se ha constatado científicamente es que las personas que sufren fenilcetonuria, una enfermedad genética, deben tener cuidado con la dosis. Es por eso que los alimentos que lo contengan deben indicarlo en la etiqueta tal y como lo indica el Reglamento 1169/2011 sobre información al consumidor descrito en el anexo III.

Del mismo modo se deben indicar en la etiqueta el grupo de edulcorantes artificiales que son polialcoholes, ya que un consumo excesivo produce efectos laxantes. Es el caso de sorbitol, xilitol, malitol, lactitol, isoalitol y eritritol.

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