La segunda vida del repollo

La edición genómica aplicada a las semillas altera su capacidad de crecimiento sin alterar sus propiedades
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Hace una pocas semanas, investigadores suecos informaron de la aplicación de técnicas de edición genómica, conocidas en la jerga científica como CRISPR o también tijeras genómicas, a las semillas de un repollo. Éstas fueron cultivadas, las plantas debidamente cuidadas y posteriormente cocinadas y comidas.  Nada diferenciaba al nuevo repollo de uno convencional salvo en un detalle. El que se había sometido a la innovadora tecnología era mucho mayor.

¿Qué había pasado? Pues ni más ni menos que las tijeras genómicas habían actuado con precisión de cirujano para eliminar la región genética que codifica los patrones de crecimiento contenidos en las semillas del repollo. El resto de características del vegetal resultaron estar invariadas.

¿Se habían comido un organismo modificado genéticamente? ¿Es el nuevo repollo un vegetal surgido de la ingeniería genética? Pues la verdad es que no está nada claro. No lo está ni desde el punto de vista científico ni desde la perspectiva legal. En el primer caso, porque la tecnología empleada nada tiene que ver con la alteración genética convencional; en el segundo, porque existe un vacío legal en la Unión Europea. Como suele ocurrir, la tecnología ha ido por delante del legislador, el cual no sabe todavía como reaccionar ante las nuevas capacidades que ofrece CRISPR, una tecnología llamada a ser un punto de inflexión en biotecnología vegetal, producción animal y biomedicina.

El debate científico

Desde un punto de vista estrictamente técnico no sería lo mismo eliminar un gen mediante tecnología CRISPR que alterar la composición genética de un organismo por técnicas de ingeniería genética, aseguran los expertos. El primero, exponen, es un mecanismo que puede darse de forma espontánea en la naturaleza, mientras que el segundo “exige” la generación de lo que se conoce como una quimera. Esto es un organismo al que se le ha añadido un nuevo gen procedente de otras especies vegetales dando lugar, en el caso que sea funcional, a un vegetal con características diferenciadas.

Obviamente, si se elimina un gen también se modifica el genoma del vegetal, pero en ningún caso recibe influencia genética externa, por lo que, de algún modo, vendría a ser un organismo disminuido. Pero disminuido de acuerdo con lo que uno quiere eliminar. Por ejemplo, eventuales alérgenos o proteínas indeseadas que pudieran generar intolerancias alimentarias.

Del mismo modo, podrían eliminarse los genes que determinan la formación de pepitas en muchas frutas u hortalizas o mejorar los mecanismos de defensa vegetal frente a plagas, infecciones o condiciones ambientales adversas. En esencia, sería la vía inversa a la que se ha seguido hasta ahora tratando de añadir genes que les confieran estas propiedades. Ahora de lo que se trata es de lograr lo mismo eliminando las regiones y vías genéticas necesarias para ello.

El debate legal

Las normas de la Unión Europea son claras cuando se refieren a organismos modificados genéticamente. El punto esencial es si se ha añadido o no “un fragmento de ADN” al organismo en cuestión. Así, pues, y desde el punto de vista del legislador, los frutos que se obtengan mediante la tecnología CRISPR tras la deleción de un gen no es un OMG. Por consiguiente, no puede limitarse su uso comercial.

Quien así lo defiende, sin embargo, es el conjunto de países nórdicos que caen fuera de la jurisdicción comunitaria, como Suecia o Finlandia. También se entiende así en Estados Unidos. En el marco de la UE no hay todavía un consenso científico ni normativo, por lo que claramente puede hablarse de vacío legal.

En la parte contraria se sitúan quienes defienden que “cualquier metodología moderna ” que altere artificialmente el genoma de un vegetal “debe ser considerado un OMG”. Así se posicionan el protocolo de Cartagena de Indias sobre vegetales transgénicos y una parte considerable de la UE, que hasta la fecha se ha mostrado ampliamente restrictiva en este ámbito, aunque permite la existencia de campos experimentales.

Argumentos de peso

Prohibir o liberalizar el cultivo de transgénicos. Esta es la cuestión de fondo. Estados Unidos se muestra permisivo, la Unión Europea restrictiva, una parte de la comunidad científica se muestra a favor y organizaciones de defensa del medio ambiente, dotadas igualmente de argumentos de peso, rotundamente en contra.

El debate difícilmente va a cerrarse por más que aparezcan nuevas tecnologías. La razón es si se acepta o no que pueda modificarse el genoma vegetal mediante técnicas que por el momento no pueden prever que sucederá tras la modificación. Alterar un gen puede suponer que la planta entera cambie de comportamiento, por lo que liberarla al medio ambiente supone un riesgo.

Las técnicas convencionales de mejora genética, por más avanzadas que sean, ofrecen un margen de seguridad suficiente como para eliminar efectos colaterales o indeseados, algo que no se daría en el primer caso. Así las cosas, hasta que no se obtenga un margen de seguridad equiparable, el debate de los OMG seguirá siendo vivo y polémico.

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