Un canto contra la diabetes

Una niña que sueña con ser cocinera protagoniza la primera ópera dedicada a los niños que conviven con la diabetes infantil sin dejar de aspirar a la normalidad
Demestres y Pavarotti
Cristina Pavarotti y Alberto Garcia Demestres trabajando en su ópera.

Acaba de cumplir diez años. En su casa están celebrando su cumpleaños. Es tímida y retraída. Tal vez sea por esta razón que prefiere quedarse en casa con el abuelo antes que ir a celebrarlo con su grupito de amigos. O quizás porque sabe que en cualquier momento deba pincharse, como cada día, su preceptiva dosis de insulina. Como con los más de 30.000 casos que se dan en España a un ritmo que crece en casi 1.000 casos nuevos por año, su páncreas no produce insulina o lo hace en poca cantidad o sin la calidad suficiente. Debe pinchársela a diario para que la hormona transforme la glucosa en la energía que necesita su organismo.

Su abuelo, comprensivo, la obsequiará con una oda a la zanahoria morada, caída en el olvido por ser considerada un plato de pobres y que hoy tiende a recuperarse. El abuelo sabe que la comida, la dieta diaria, es esencial para un niño con diabetes. Ella, la nieta, también lo sabe, aunque no siempre entienda el porqué de sus restricciones.

De esta guisa arranca La straordinaria vita de Sugar Blood, ópera en dos actos de Alberto Garcia Demestres sobre las peripecias, emociones y sueños de una niña desde que su décimo aniversario hasta que cumple los 14 años. A lo largo de este corto pero intenso periodo, nos relata el autor, la obra pretende trasladar al público los sentimientos a menudo encontrados que sacuden a Sugar Blood. Desde la incomprensión al sentimiento de culpa pasando por el sentirse parte de un colectivo o las dudas, miedos e inseguridades que la atenazan en momentos concretos. En el fondo, dice Demestres, es la lucha de todas las chicas de su edad que van haciéndose mayores. Por tanto, la de alguien “que no quiere dejarse condicionar por su enfermedad”.

Cantando sobre la dieta

Un primer sorbo de la ópera pudo deleitarse en la última edición del Festival de Peralada, la de su 30 aniversario, con el estreno absoluto de Cocco e cocomero, una aria en la que el compositor desgrana cómo elaborar un postre apto para diabéticos. Teniendo en cuenta que la receta de ese postre, a base de espuma de coco y sandía, ha sido elaborada por el chef pastelero Jordi Roca, es fácil pensar que sea apto, y deseado por apetitoso, por todo tipo de público.

La obra, si no surgen contratiempos, se estrenará en julio de 2017. Sugar Blood  “es una niña normal”, insiste el autor. “Con sus sueños, sus dudas, sus inseguridades y sus pasiones, como todas las de su edad”. Pero con una enfermedad metabólica que crece con ella lo que, en momentos concretos, le dará un punto de distinción: a diferencia de otros muchos de su edad, lleva un teléfono móvil permanentemente conectado, puede salir de clase cuando las condiciones lo exijan y “lleva puesta”, adherida a su piel, “lo último en tecnología” para el control de su diabetes, como un pequeño microinfusor de insulina.

Tecnología, prevención en forma de estilo de vida saludable con dieta y ejercicio como valores principales, además del inevitable, por necesario, control médico. Todos y cada uno de estos elementos aparecen de un modo u otro en la ópera de Demestres. Y comida, “mucha comida” que va surgiendo como lo hace en la vida misma.

Será porque Demestres sabe de lo que habla. Como muchísimos de los mortales, el compositor sabe disfrutar de un buen plato. Pero tiene que tomárselos con mesura, puesto que él mismo es diabético. Su experiencia junto la que ha sido su fuente de inspiración, una joven integrante del Cor Vivaldi/IPSI, coro infantil que goza de reputación internacional, aquejada igualmente de diabetes, le han ayudado en la construcción de esta particular historia. Ella y Cristina Pavarotti, hija del malogrado Luciano Pavarotti, también diabético, e íntima amiga del compositor. Entre ambos escriben el libreto de la joven Sugar Blood.
 

Una ópera coral

Alberto Garcia Demestres lleva tiempo dándole vueltas a la cabeza a las andanzas de Sugar Blood. Tantas que ha cambiado de nacionalidad, de sueños, de familia y de peripecias vitales. Es lo que tienen los procesos creativos: hay una idea principal en forma de semilla y luego van creciendo un tronco y sus ramificaciones a la espera del fruto deseado. Solo que al fin habrá que escoger una de las ramas. En este caso, el tronco ha sido siempre la diabetes y el ramaje principal cómo afecta a una joven que no quiere dejarse condicionar por la enfermedad. Las ramas adyacentes no son más que relatos sobre cómo contarlo.

Y si la historia pudiera parecer trivial para una ópera, el propio Demestres recuerda como muchos de los grandes clásicos se han apoyado en escenas de la mayor simpleza para contar, y para cantar, las grandes emociones humanas, como el amor, la desesperación, el miedo o las dudas. El punto de ruptura, que admite como cierto, es expresar esas emociones en lo cotidiano.

Pero hay otro y es significativo. Parte de la producción y composición de la obra se han financiado gracias a una campaña de aportaciones económicas promovidas desde las redes sociales y al apoyo de la Sociedad Española de Diabetes. La fórmula del micromecenazgo, que sigue abierta, no dista mucho de lo que algunos autores clásicos practicaron, aunque, claro está, las redes funcionaban de manera muy distinta a como lo hacen hoy día.

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Biencocido