Marchando una de dietas

La llegada del verano invita compulsivamente a dietas que en muchos casos resultan absurdas y carentes de base científica
dietas milagro

Cuando se acerca el tiempo de sol y playa, el mundo editorial, en papel y por Internet, se vuelca en la presentación de dietas para perder peso. El público al que se dirigen es fundamentalmente femenino, pero el masculino se siente cada vez más atraído por la idea de perder esos kilos de más que se van acumulando durante meses y que afean, según indican machaconamente este tipo de publicaciones y la publicidad que las acompañan, un cuerpo supuestamente sano. Optar por una dieta se convierte prácticamente en obligación.

Y aquí es cuando empiezan los problemas. Buena parte de las dietas publicitadas no sólo no consiguen su objetivo de reducir peso, sino que al finalizarlas se da un efecto rebote que lleva a ganar más kilos que antes de iniciarlas. Eso cuando no compromete la salud bien sea por exceso o por defecto de algún nutriente esencial o cuando, simplemente, es absurda.

En el mejor de los casos, se trata de dietas anunciadas como milagrosas que prometen rápidos resultados y aseguran unos efectos saludables de los que carecen. Las dietas milagro adolecen de base científica, suelen ser nutricionalmente pobres y en algunas ocasiones no son más que modas que publicitan un producto concreto con fines meramente económicos.

La dieta milagro

Clásicamente, la dieta milagro es aquella que promete adelgazar rápido y sin esfuerzo. Y es cierto que, en algunos casos, y dadas sus características, se consigue, pero normalmente con consecuencias nefastas para la salud y con un efecto rebote –llamado también efecto yo-yo- que las convierte en inútiles y perjudiciales. Además, mantenerlas un tiempo excesivo puede conducir a alteraciones psicológicas y, en casos extremos, a problemas cardiocirculatorios o inducir trastornos alimentarios.

La diversidad de este tipo de dietas es enorme. Desde las ricas en hidratos de carbono (suelen implicar un exceso de fibra y dificultades de absorción) o las que se basan en la toma de un único alimento (piña, alcachofa, manzana y otras que suelen terminar con la aparición de problemas digestivos) o las que se basan en el principio contrario como las dietas pobres en hidratos de carbono o ricas en grasas (pobres en glucosa, la principal fuente de energía del organismo o alteraciones en el índice de colesterol, respectivamente).

A este último tipo de dietas, llamadas también disociadas, se les puede añadir el grupo de las hipoenergéticas que, como su nombre indica, aconsejan una ingesta  por debajo de las calorías que se precisan en el día a día. Lógicamente, se traducen en una alimentación desequilibrada e insuficiente, por lo que suele terminar cuando el cansancio o el malestar general, además de otras complicaciones, hacen acto de presencia.

Haga un esfuerzo

Si de lo que se trata es de perder peso, lo mejor es hacer un pequeño esfuerzo y acudir a un especialista. Por lo general, le indicará una dieta que persigue reducir paulatinamente la grasa corporal sin comprometer la salud ni alterar el riesgo de enfermedades asociadas normalmente al sobrepeso.

Hay que desconfiar de las tablas de peso ideal o de ritmos de adelgazamiento excesivamente rápidos. Una dieta no deja de ser un plan personalizado en el que se persigue establecer unos hábitos alimentarios saludables acompañados de un estilo de vida en el que se eviten factores de riesgo. Y si hay patologías asociadas, debe mantenerse un control analítico que alerte de la falta de nutrientes esenciales o de sus consecuencias.

Si el objetivo es reducir algo de peso, un nutricionista que analice necesidades y hábitos puede ser más que suficiente para lograr el objetivo. Si se trata de sobrepeso importante, no debe descartarse la visita al médico. Y en cualquier caso debe recordarse que los milagros no existen.
 

Bromas pesadas

Algunos las llaman dietas pintorescas, otros dietas absurdas. Muchos especialistas las consideran una verdadera estupidez, cuando no una tomadura de pelo o una broma de mal gusto. Es el caso de las dietas brinner (tomar el desayuno durante la cena), la del potito (basadas en comer potitos para bebés o niños de corta edad) o la del gusano (comer parásitos que, como la solitaria, se alimentan de lo que comemos).

Pero hay más. Ahí va la llamada dieta del delfín, basada en tomar agua de mar a todas horas (riesgos asociados a un exceso de sodio y deshidratación); las monodietas depurativas (un único tipo de fruta y verdura al día); la drunkodieta (las comidas se acompañan de alcohol, generalmente vodka o similares); o el respiracionismo, una extravagancia que consiste en el ayuno absoluto.

De todas, la que tal vez llama más la atención es la llamada paleodieta y algunas de sus derivadas. Se inspira en alimentarse según las costumbres del Paleolítico, lo que significa comer solo alimentos naturales. Su extremo son las dietas crudívoras (no admiten alteración alguna del alimento) o las frugívoras. Los que predican este tipo de dietas se olvidan que los humanos del Paleolítico tenían una esperanza de vida que rondaba los 35 años, eran muchísimo más bajos que nosotros y extraordinariamente vulnerables a enfermedades.

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