Cuando el cerebro depende de la dieta

La dieta pudo condicionar el crecimiento del cerebro de primates humanos y no humanos en mayor medida que las relaciones sociales, como se creía hasta ahora

La complejidad del llamado cerebro social es una de la características que distingue al conjunto de los primates de otras especies. Este fenómeno, que es el que explica como es posible desarrollar relaciones sociales que van mucho más allá de las simplemente grupales o las que caracterizan a lo que se denomina “superorganismos”, como sería el caso de las hormigas y de las abejas en menor medida, se ha asociado históricamente al tamaño y complejidad del cerebro. No es exclusivo de primates, pero sí que gana peso a lo largo de la evolución desde los primeros homínidos a los actuales humanos, y en nuestros parientes más cercanos, orangutanes, chimpancés y gorilas, entre otras especies (primates no humanos).

La pregunta que antropólogos y otros expertos se han formulado siempre es hasta que punto el establecimiento de relaciones sociales habría contribuido al crecimiento del cerebro y, por consiguiente, a acelerar la evolución. Tras años de debates, un nuevo estudio publicado por investigadores de la Universidad de Nueva York en la revista Nature Ecology & Evolution cuestiona la hipótesis del cerebro social. Según sus autores, la dieta habría sido el motor del crecimiento del cerebro. Y cómo conseguirla o mantenerla, un componente básico de las relaciones sociales.

De forma particular, los investigadores detallan como la fruta, como elemento central de la dieta, pudo haber jugado un papel mucho mayor de lo que hasta ahora se había considerado. Según su estudio, los primates que consumen fruta de forma regular no solo tienen el cerebro un 25% mayor que los que se limitan a comer hojas y plantas, sino que su capacidad cognitiva parece claramente superior. ¿Ocurrió de igual modo a lo largo de la evolución?

Estrategias de sociabilidad

La explicación que da Alex DeCasien, autor principal del estudio es simple. Recolectar frutas, explica, lleva aparejada la necesidad de establecer algún tipo de estrategia para conseguirlo, aunque sea muy básica. Hay que trepar a los árboles, tener una noción de los cambios estacionales, saber donde están y, si es necesario, colaborar con el grupo para su recolección. Aunque parezca simple, es de mayor complejidad que limitarse a comer hojas y plantas, que no requiere de estrategia social alguna.

Entre los científicos que han opinado del hallazgo no hay unanimidad. Mientras que algunos autores consideran que los datos obtenidos por DeCasien destierran definitivamente la teoría del cerebro social, sus contrarios sostienen que dieta y sociabilidad tuvieron que ir evolutivamente de la mano.

Si alimentarse de fruta requiere de una cierta capacidad cognitiva superior e incluso ciertas habilidades sociales, la caza, aparecida mucho más tarde en el tiempo y que supuso un aporte de proteínas determinante para el crecimiento del cerebro, exige eso y muchísimo más. También lo habría exigido el comportamiento carroñero de los primeros homínidos, que tomaban la carne de las presas abandonadas por predadores más capacitados. Por consiguiente, dieta y sociabilidad habrían sido coincidentes y complementarios en términos de crecimiento cerebral.

El valor del grupo

Estudios previos habían sugerido que los factores ambientales, entre ellos los ecológicos, explicaban el tamaño relativo del cerebro entre especies de primates no humanos. Entre otros, la dieta. La recolección de frutas, el acceso a la carne, bien como carroña o como fruto de la caza, y muchísimo más tarde la agricultura o los primeros alimentos procesados debido a procesos de fermentación o la irrupción del fuego, señalan distintos autores, serían ideas consistentes con el crecimiento del tamaño del cerebro, la adquisición de habilidades sociales y de capacidad cognitiva.

También, como sugiere la hipótesis del cerebro social, con la necesidad de mantener una cierta cohesión grupal. Organizarse para la caza o para la recolección es visto, en este sentido, como imprescindible para la supervivencia. De ahí que se le haya atribuido a los factores sociales el papel de motro primario de la evolución del cerebro.

Los estudios publicados hasta la fecha, no obstante, exponen resultados contradictorios. Algunas especies de primates polígamas, que exigen un grado de relación social más complejo, tienen grandes cerebros, al igual que otras lo tienen igualmente de gran tamaño siendo monógamas y por tanto más simples, pero con mayor capacidad para la resolución de conflictos.

Frutas y cerebros

Después de controlar el tamaño corporal y la filogenia, los resultados obtenidos por los científicos de la Universidad de Nueva York indican que la dieta determina más el tamaño del cerebro que las diversas medidas de sociabilidad. Tras considerar la relación evolutiva de cada especie y su tamaño corporal relativo, los autores hallaron que los primates que comen frutas tienen alrededor de un 25% más de tejido cerebral que las especies que comen plantas. Los frugívoros y los frugívoros y folívoros presentan cerebros significativamente mayores que los folivoros y, en menor medida, los omnívoros muestran cerebros significativamente más grandes que los folívoros.

Aunque este análisis no es capaz de discernir por qué comer fruta conduce a la evolución de cerebros más grandes, los expertos sugieren que puede deberse a una combinación entre la demanda cognitiva que supone recordar la ubicación de la fruta y la extracción manual que requiere su consumo. Además, la ingesta de fruta es más rica en energía en comparación con la de las plantas.

Sin embargo, los expertos advierten que estos resultados no indican una asociación entre el tamaño del cerebro y el consumo de frutas o proteínas, más bien evidencian demandas cognitivas diferentes según la especie para conseguir ciertos alimentos. "La fruta está más dispersa en el espacio y el tiempo en la naturaleza, y su consumo a menudo implica conseguirla en lugares difíciles de alcanzar o cáscaras de protección", apunta DeCasien. "Juntos, estos factores acarrean que las especies frugívoras necesiten mayor complejidad cognitiva y flexibilidad".

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