Comerse al cangrejo azul

La Generalitat catalana recurre a la intensificación de la pesca comercial para contener la expansión del crustáceo colonizador

En ecología, buena parte del control y equilibrio naturales entre especies, especialmente las animales, se sustenta en la correlación “justa” entre depredadores y depredados. Cuando sete equilibrio se rompe, cosa que ocurre de forma natural en múltiples ocasiones, el sistema encuentra caminos para resolver el entuerto: una de las dos partes aumenta su presencia hasta que se retorna a la normalidad. Se establece así un flujo de control más o menos móvil que hacen  que un ecosistema dado mantenga sus características.

Claro está que este flujo puede verse alterado por cambios que, a la larga, pueden transformar las características propias del ecosistema, incluidas su fauna y flora, y de este modo establecer equilibrios distintos. Un cambio climático súbito, una sequía prolongada, un terremoto, un incendio forestal, un meteorito… Así ha transcurrido la evolución, entre rupturas y búsquedas de equilibrios.

Pero este es el caso de la llamada evolución natural o regida por avatares geofísicos y biológicos. La llamada evolución cultural es la que introduce como vector del cambio la mano humana: la revolución industrial, el consumo masivo de combustibles fósiles, la transformación del paisaje por la agricultura y tantos otros, y sus consecuencias, como el cambio climático de origen antropogénico, como el más destacado, pero no la única: el fenómeno de las especies invasoras, bien propiciados por cambios en la climatología, o por puro interés humano, es otro de ellos. Y cada vez de impacto mayor.

Cangrejos donde no tocan

La presencia de especies invasoras en hábitats donde inicialmente no estaba previsto tiene ya una larga historia. Son ya conocidas las importaciones  de vegetales comestibles tras la colonización española del continente americano o de productos alimentarios procedentes de Asia por mercaderes italianos o españoles durante la Edad Media. Su impacto ecológico, sin embargo, y salvo casos muy concretos, fue limitado. En el mejor de los casos se limitaban a unas pocas tierras de cultivo que experimentarían un cierto auge con las hortalizas cultivadas siguiendo la tradición árabe.

No es hasta mediados de los años setenta que las especies invasoras causan impactos de suficiente magnitud como para alterar el equilibrio de hábitats enteros. Ocurre con la planta marina Caulerpa taxifolia, que ha colonizado buena parte del litoral mediterráneo, con el visón americano, que ha llegado a poner en peligro de extinción a las nutrias europeas, o la tortuga californiana, voraz depredadora.

Y en el ámbito estrictamente alimentario, dos especies, ambas localizadas en el Delta del Ebro, no solo amenazan con romper el equilibrio natural, sino que están poniendo en riesgo actividades tradicionales de carácter económico. El más conocido, el caracol manzana, verdadera plaga de arrozales. Y más recientemente, el cangrejo azul, de origen americano y con una capacidad depredadora nada habitual entre las especies autóctonas. Tanto, que la extinción local de especies por su proliferación no sería descartable.

Aprovechar la invasión

El crustáceo en cuestión procede de la costa atlántica norteamericana, donde se le considera un manjar muy apreciado. Y por lo que se ve, también lo está empezando a ser en el Delta, donde algunos establecimientos ya lo han incorporado a su oferta gastronómica con un cierto éxito.

Siendo así, la Generalitat de Cataluña, a través de su Dirección General de Pesca, ha decidido combatir la bioinvasión del cangrejo azul mediante un plan que prevé literalmente su explotación comercial. Esto es, dar carta de naturaleza a la pesca intensiva del crustáceo con el doble objetivo de limitar su impacto ecológico y, en paralelo, promover tanto su consumo como su exportación, emulando los pasos seguidos por Grecia hace medio siglo cuando el animal llego a sus costas.

La propuesta de la Administración catalana persigue canalizar las capturas a través de las lonjas pesqueras, revalorizar el producto y garantizar su trazabilidad hasta el consumidor. Es decir, implementar medidas económicas, de seguridad alimentaria y de seguridad ambiental de forma paralela.

Rápida expansión

La expansión de cangrejo azul ha sido muy rápida, coinciden los expertos. Primero, se implantó en el Delta; luego se ha expandido por el territorio y ya ha sido detectado en las desembocaduras del Ter, Muga y Fluvià, y en otros puntos de España, como la Albufera o puntos de Andalucía.

Las hembras, que pierden su armazón y quedan desnudas (soft shell) antes de ser fecundadas, son las más apreciadas gastronómicamente y las responsables de su rápida proliferación: desovan entre dos y seis millones de huevos por puesta, antes de desplazarse hacia el mar abierto para favorecer el desarrollo de las larvas en aguas saladas y posibilitar luego su dispersión.

Desde la administración catalana no se plantea incluir el cangrejo azul en el catálogo de especies invasoras sino tratar el problema introduciendo la pesca comercial como factor de contención. Por este motivo, se ha anunciado la  creación de un comité de cogestión pesquera del que formarán parte  los distintos sectores afectados (pescadores, expertos, Administración, responsables del parque natural del Delta y ONG locales), para ordenar esta pesquería de manera participativa. Las capturas registradas por pescadores con licencias suman 26 toneladas, a las que hay que añadir la pesca informal o sin licencia.

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